Tu tiempo no acaba

No era la primera vez que visitaba aquel pueblo de casas viejas, de paredes blancas y muros anchos. Macetas en tiestos de barro adornaban sus balcones y ventanas.

El moho y el óxido lloraban por las fachadas.
Las calles empedradas, resbaladizas y estrechas. Todas ellas marcaban una ligera pendiente hacia arriba.

Solo una calle te permitia entrar en ese pequeño pueblo. Solo una.
Esa calle la conocía. Como os digo, no es la primera vez que estoy allí.

Sus gentes me miran al pasar.
Una persona tras otra.
Miradas inquisitivas, desconfiadas.
Sin embargo, unos ojos… unos ojos de color oro viejo… esos ojos.
Distintas personas, con la misma mirada. Con los mismos ojos. No podré olvidarlos.
Unos ojos que siempre me miraban dándome un mismo mensaje.
Una y otra vez, mientras subía aquellas calles interminables.

Me veía encerrado.
Preguntaba por la salida pero nadie decía nada.
Paso a paso, seguía mi camino, hacia arriba, mientras todo el mundo bajaba.
Los adoquines son lo peor para andar descalzo.

De nuevo esos ojos, que se quedan mirando, fijos, desde el rostro de una ñina pequeña que se detiene en mitad de la calle.
Me paro.
Extiende las manos.
Me intenta dar un abrazo.
Susurra: “Tu tiempo no acaba . Así que sigue subiendo”.

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