Por qué estudié Matemáticas

No sé si decir que fue una de las decisiones más difíciles de mi vida. No, creo que no lo diré.

Al fin y al cabo fue una decisión que tomé dejándome llevar un poco por razonamientos superficiales, sin profundizar mucho en si era algo que realmente quería o si era algo que en un futuro podría darme un trabajo que me gustase. Hoy sé que no, pero no me arrepiento.

Al principio, mi idea era formarme en las letras a pesar de cursar estudios tecnológicos. En esa época leía un libro cada semana, escribía algún que otro relato, algún poema… me dejaba llevar por las ideas más absurdas y sin sentido para plasmarlas sobre páginas en blanco. Así, antes de presentar la primera solicitud, mi idea era estudiar filosofía o psicología. Pensaba que si conseguí entender, aprender, cómo era el pensamiento, la mente… podría escribir de forma mucho más directa, más clara, que trascendiera. Hoy sé que no, que no todo es entender para llegar al corazón de alguien. A veces, la sin razón te lleva mucho más lejos que cualquier plan premeditado.

Durante un viaje a Córdoba, tuve una conversación con uno de los maestros a los que más he admirado en mi vida. Me dijo que antes de poder alcanzar un sueño, hay que vivir una realidad y que esa realidad, tal y como estaban los días, pasaba por encontrar un trabajo y luego perseguir el sueño en los ratos libres. Si lo perseguía con ganas, lo alcanzaría.

Por tanto, la primera opción en mi solicitud fue Matemáticas.
Pensé que podía prepararme unas oposiciones o ganarme la vida como maestro, se la mitad de bueno que aquellos que me hicieron aprender me bastaba. En mis ratos libres escribiría, leería, aprendería todo lo que no había aprendido.

Y así acabé. Dieciocho años recién cumplidos, en Granada. Viviendo en un piso que estaba a tomar por culo de todo, con unos compañeros que, podría decirse, recordaré como unos de los mejores compañeros de piso que he tenido.

El primer año tenía clases por la tarde.
Los primeros días, para olvidar. Los siguientes… aún peor.
La gente empezaba a abandonar las clases, la licenciatura.
Hablando con un buena migo, pensamos que estábamos perdiendo el tiempo. Así, en un arrebato preparamos lo necesario para solicitar el cambio de titulación. Sabíamos de gente que lo había hecho y bueno… nos decían que estaban mucho mejor. Sin embargo, nos tomamos unos días para pensarlo.

Esa noche soñé con mi abuelo, que había muerto meses antes.
Nunca olvidaré cuando me llevaba a mi casa en coche o me recogía, en cualquier parte cuando volvía del trabajo para acompañarme a casa o a su casa a merendar.

Esa noche soñé que paseaba por Granada y que él paró su coche a mi lado. “¿Te llevo?”. Aún recuerdo sus palabras, su voz.
Para mi sorpresa, aun sabiendo que aquello no era real porque sabía que ya no estaba, no dudé en subirme en su C15 blanca.
Lo miraba y su aspecto era el de siempre. Digo el de siempre porque para mí, mi abuelo, siempre ha tenido el mismo aspecto desde que tengo uso de memoria.

Tras un rato de silencio, me habló y me preguntó por mi primer año en la Universidad. Hacía mucho tiempo que no hablábamos. Yo en ese momento solo pude pedirle perdón por no haber hecho todo lo posible por hablar con él antes y le conté el conflicto que tenía con la carrera y lo mal que lo estaba pasando aquellos días. Pensaba que todo iba a ser distinto, más atractivo…

Él asentía y me dejaba hablar. Creo que así me ayudó a entenderme un poco más a mí mismo.

Cuando terminé de hablar empezó a reírse y me dijo algo que nunca olvidaré:

“Cuando era joven, quise sacarme el carné de conducir. Pero no sabía leer nada bien. Sin embargo, yo cogía el libro de la autoescuela por la mañana y me iba a trabajar. Subido en la mula, durante el camino, iba mirando el libro, iba leyendo lo que podía e iba entendiendo lo que podía. Estuve meses así y cada vez que leía el libro entendía una cosa distinta. Ese libro acabó destrozado en mis manos de tanto mirarlo. Y fíjate… si no llega a ser porque en ese momento me esforcé en aprender y sacarme el cané de conducir, hoy no podría llevarte a tu casa”.

Me pareció una anécdota graciosa que me sacó una sonrisa.
Le di las gracias al llegar a mi casa.
No lo he vuelto a ver desde entonces.

Al poco tiempo, hablé con mi madre sobre ese sueño y se sorprendió sobremanera. Porque aquello que me contó mi abuelo en ese sueño, fue lo que ocurrió de verdad. Ella no sabía quién me había contado eso para que llegase a soñar con él, y para que me hablase como me habló.

Seguramente, mi abuelo, me lo contaría alguna de esas tardes en las que volvíamos de trabajar en el campo, en su coche, mientras escuchábamos Radio Olé.

En ese momento mi mundo se tambaleó. Quise pensar que fue mi abuelo, estuviese donde estuviese, el que vino a darme el apoyo que me faltaba para continuar mis estudios.

Y así hice.

Desde ese sueño lo vi todo con otros ojos, más fácil, más accesible a mi mente perturbada.
Eso fue lo que me hizo seguir… luego fue la gente que conocí, esos amigos con los que apenas hablo pero que aún recuerdo, los profesores que tuve… Todo esto me hizo terminar esta licenciatura.

Y… ¿ahora qué?

Sigo aprendiendo.
No ejerzo la docencia pero tengo un trabajo que me permite vivir la realidad y sacar algo de tiempo, aunque sea poco para escribir, leer y disfrutar.

Quizá, si volviese atrás y tuviese ante mí la posibilidad de elegir una titulación para estudiar… volvería a cometer el dulce error de elegir Matemáticas.

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