El tío Marcial

Era una tarde tranquila.
El sol se estaba poniendo tras unas densas nubes que cubrían la montaña más lejana, y que se podía ver…
El tío Marcial se encontraba paseando por su jardín. Los años le hacía dar pasos lentos, aunque firmes. Su cabeza cana y gacha guardaba un montón de recuerdos, que pude percibir conforme me acercaba.
De pronto, se gira.
Intenta no mostrar sorpresa, aunque es difícil no hacerlo en esta situación.
Pienso que a todos, nos llega nuestra hora por sorpresa. Incluso a mí.

– ¿Tan pronto por aquí? – me dijo antes de sacar todo el aire de sus pulmones en un suspiro. – Tengo mucho que hacer, no me puedo morir. Vete a cortar el césped.

No pude evitar sonreírle.
Me acerco y lo abrazo por el hombro para que me acompañe a tomar asiento, de espaldas a los últimos rayos de Sol.

– Al contrario, Marcial – le dije una vez nos sentamos. – Te debieras sentir feliz de ser mi huésped. Has trabajado bien. – esta es la parte más difícil de mi trabajo. ¿Cómo le explicas a una persona que aproveche sus últimos segundos de vida? – Hora es de descansar, bajo losa de mármol, para quien como tú, al mundo ya dejó: un hijo, un libro y un árbol.

La mirada de Marcial cambió repentinamente.
En sus ojos se podía ver cómo sus recuerdos de amontonaba, se agolpaban sin sentido, para dar lugar a una película breve de todo lo vivido, destacando lo más importante. Incluso antes de hablarme, pude ver ese árbol creciendo y al que visitaba casi todos los días. Horas muertas delante del papel, plasmando ideas que en su mayor parte iban a la papelera. Y, como si una llama quemase todo lo demás, la imagen de una mujer joven, de ojos cobre y pelo negro, largo y ondulado. Sujetaba un pequeño en brazos. El corazón de Marcial casi se para en seco al recordar esa escena, al mirar a los ojos a su mujer, con su hijo en brazos.

Luego me mira.
Pequeñas lágrimas bañan sus ojos, rojos y cansados.
Le dejo hablar.

– El árbol que planté, benemérita acción, porque ya quedan pocos. – parecía que se le quebraba la voz.- En mi pobre ciudad, era un sauce llorón. Llorón pero sin mocos. – sonríe brevemente para fruncir el ceño y apretar los puños. Pero, resulta que tenían otro plan: las urbanizaciones. Pobre sauce llorón… ya quemó el alquitrán, sus verdes lagrimones.

Se detiene para coger aire.
Cada vez se le veía más cansado.

– El libro que escribí, y que a nadie plagié, era un grueso volumen.- Aquí, su mirada era mucho más relajada, tranquila. Giraba las muñecas, como recordando el esfuerzo que le supuso escribirlo. Su mirada se tornaba más triste aún.- Donde con ilusión, puse todo lo que guardaba en el cacumen. Pero… resulta que sopesando el papel, de muy mala manera, dijo el Inquisidor: “a la pira con él”…  Y pereció en la hoguera.

Puse una mano en su hombre izquierdo.
Estaba temblando.
Su cuerpo se estaba enfriando.

– Y el hijo que me dio, mi adorada mitad – dos lágrimas caían por el rostro de Marcial mientras recordaba a su familia – nos salió inconformista o quizá intelectual, o emigrante quizá. O en fin, quizá turista. Porque resulta que, nacido en un país de gritos iracundos, tuvo que abandonar… Ahora vive en París, se fue por esos mundos.

Apretó fuerte los puños.
– Y la próxima vez, te juro que seré, ¡Oh, patria!, algo más práctico – levantó el derecho un poco, casi amenazando a la nada. – Te dejaré un borrego, una foto novela y una flor de plástico.

– No habrá próxima vez – le dije mientras metía mi mano en su costado, agarraba su corazón y sentía cómo dejaba de latir, poco a poco. – Déjalo ya, Marcial.

El corazón de aquel hombre se paró rápido.
El brillo en sus ojos desapareció poco antes de cerrarlos.
A pesar de las miles de historias que me cuentan a diario… A pesar de poder escuchar lo mismo una y otra vez y de recibir súplicas, a veces agradecimientos, no me pesa.
Me encanta mi trabajo.

Pandora me miraba, impaciente, mientras jugaba con unas orugas a la sombra de un árbol. Me acerco a ella y me agacho hasta estar a su altura.

– Pequeña, ¿nos vamos?

 


Esta historia está inspirada en la canción (prácticamente todo el diálogo) El tío Marcial de Javier Krahe. La escuchaba varias veces, de camino al trabajo cuando vivía en Salobreña. Su letra, al igual que muchas de las letras de este autor, me inspiró un mundo que no cuenta en sus canciones pero que, claramente, está siempre presente.

 

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