Un día complicado

El sol subía en el horizonte cuando Pandora me señaló una gran columna de humo a lo lejos. Esta vez, ella se había percatado antes que yo y eso le hizo dibujar una sonrisa traviesa en su rostro.

Al pie de aquel gran edificio, todo parecía insignificante.
Los papeles flotaban en el aire caliente, envueltos por gritos, dolor y ceniza.
Pandora agarró mi mano.
Temblaba.

– ¿Estarás bien aquí sola o quieres venir? – le pregunto, apretando su mano y agachándome hasta que nuestros ojos estaban a la misma altura.- Sabías que esto iba a pasar, ¿verdad?

Sendas lágrimas empezaron correr por sus mejillas.

– No quiero estar sola – empezó a balbucear. Se separó un poco – Pero tampoco quiero verlo de nuevo… ¿Puedo esperar aquí abajo?

La ceniza empezaba a cubrir su pelo.
Grandes cascotes de cemento caían a nuestro alrededor.
Cientos de bomberos intentaban acceder al edificio mientras la policía intentaba orientar a miles de personas que, atónitos, contemplaban cómo se derrumbaba su mundo.

– No te alejes. – Le digo a Pandora mientras me levanto.

Cruzo la mirada con un bombero joven, de pelo rubio y ojos como el cielo que ahora nos cubría. Se para delante mía y se acerca. No me ve, pero puede percibir que estoy ahí.
Se para a pocos pasos de mí.

En sus ojos se ve la imagen de una niña pequeña, que aparentaba ser un poco mayor que Pandora, jugando en el jardín trasero de una casa pequeña y acogedora. Su madre intentaba mojarla con una manguera mientras ella la esquivaba saltando y corriendo por el césped.
La voz de ambas resonaban en aquella imagen. Y una voz que le recuerda una y otra vez que, por favor, volviese pronto a casa.

Él ya sabía que no volvería.
Pude ver en sus ojos cómo se hacía un nudo en su garganta.

Pasé a su lado.
Puse una mano sobre su hombro derecho.

– Nos vemos arriba – le susurro.

Otros como yo, ya estaban entrando al edificio.
Subían por las paredes de aquél edificio, se metían por la primera ventana que veían abierta y arrasaban con toda alma que se encontraban a su paso.

A mí me gustaba fijarme en todos los detalles.
Disfrutar cada recuerdo.
Hacer que las personas, si lo merecían, pudiesen percibirlos también.

El olor a metal ardiendo, a ceniza, a muerte… lo cubría todo.
Algunos de los gritos que se percibían en los papeles que sobrevolaban la gran avenida ya no se escuchaban.
Subí por las escaleras de la esquina noroeste.
Por una ventana pude ver cómo Pandora intentaba coger un folio de color azul que flotaba entre el polvo.

Mientras subía las escaleras y atravesaba plantas cubiertas por llamas, humo y escombro, pensaba cómo debería ser vivir con todo el sufrimiento del mundo pasado, presente y futuro. ¿Cómo sería percibir el dolor de tantas personas, saber que algo va a ocurrir pero no saber cuándo?

 

Y allí estaba ese joven.
Sin fuerza.
Sentado en un suelo casi calcinado y apoyado sobre una pared de mármol.
Se quitó uno de sus guantes cuando me vio acercarme y me dio su anillo de matrimonio.
No dijo nada. No hacía falta.

Estas cosas no debería hacerlas pero… son pequeños detalles que hacen que Pandora olvide tanto dolor.
Dejé que apoyase su cabeza en mis manos.
Poco a poco se fue apagando.
Quité de su mente el dolor y la angustia de las últimas horas para dejarle esos momentos jugando en un jardín.
Salí a la calle.
Era insoportable el ambiente que se respiraba allí.
Pandora estaba cubierta de ceniza.
Le entrego el anillo y una amplia sonrisa se dibuja en su rostro.

– ¿Se lo podemos llevar ahora? – me pregunta.
– Vamos. – le susurro.

 

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