Un sorbo de agua para no llorar

Con cuatro años, la mente de un niño no da para demasiado. Sin embargo, desde un punto de vista más creativo, la mente de un niño es un mundo de imaginación digno de vivir y disfrutar. Tengo que reconocer que echo de menos la creatividad de ese niño que fui y que se me escapó. A veces, recuerdo con fuerza algunas ideas que me emocionan. Pero se me pasa con un pequeño sorbo de agua.

Este sorbo de agua es por un recuerdo nítido y fugaz, que se completó hace unos días cuando volví a ver las verjas verdes que rodean a mi antiguo colegio.

 

Por alguna razón que no lograba entender, mi seño (así llamaba a mi primera maestra) no fue a clase, por lo que ese día nos tocó compartir el aula con el otro grupo de niños.

El babero blanco a cuadros verdes claros nunca me había gustado.
Olía a plastilina, pintura de manos y a tierra.
Al llegarme por debajo de las rodillas no me permitía correr bien.
Además, si me agachaba para jugar, siempre lo pisaba con las rodillas y me tiraba de cuello.

Ese día, un niño de la otra clase se puso a llorar.
Recuerdo que no dio ningún motivo por el que lloraba.

– ¿Lloras porque echas de menos a tu mamá? – pregunto uno de esos adultos que nos cuidaban.

¿En serio? Hasta yo con cuatro años sabría que no se le puede preguntar eso a un niño que está llorando. Y más cuando sabes que llora porque echa de menos a su mamá y prefiere estar en su casa a estar entre aquellas cuatro paredes cubiertas de dibujos malos  y llena de juguetes rotos y mesas verdes con las esquinas mordidas (aún me pregunto quién habría mordido aquellas esquinas… )

Como era de esperar, otros niños se unieron al llanto. Era un coro de llantos de lo más curioso.

– ¿Puedo salir a beber agua? – le pregunté a la mujer que intentaba tranquilizar a uno de aquellos niños. La voz se me rompía, estaba claro, por los pequeños pucheros que provoca un llanto que quiere comenzar.

En cuanto me dijo que sí, salí corriendo al patio y me subí en un pequeño escalón que había al pie de aquella extraña fuente de piedra marrón moteado que estaba sostenida sobre la boca de tres grande peces que se entrelazaban.
Algunas lágrimas ya había caído por mis mejillas durante la carrera.
Me limpié en la manga derecha.
El agua apenas se levantaba de la boquilla un par de centímetros, como si te la ofreciera para que la bebieses con calma.
Me quedé mirando cómo salía aquel pequeño chorro de agua cristalina de esa boquilla de metal oxidado. Bebí lo suficiente para calmar aquel llanto. Creo que esa vez fue necesario más de un sorbo de agua para dejar de llorar.

Tras beber miré al cielo, casi en dirección a sol.
Pensaba que así, las lágrimas que intentaban salir de mi ojos se secarían antes.

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