Un pijama a rayas

De todas las luces que nos puede ofrecer el Sol, la que arroja al atardecer la considero la más hermosa de todas. Quizá por cómo te permite ver la realidad… más anaranjada, más nostálgica, más triste a veces, más humilde. Quizá, en ese momento del día, la realidad ya está cansada de ser tan real, y decide mostrar lo que realmente es, esa parte irreal y mágica que esconde, ese pequeño fragmento de mi mundo que muy pocas personas pueden ver pero que todas sienten.

Aquella tarde paseábamos por el gran jardín trasero de una casa a las afueras de una ciudad rota en una Alemania más rota todavía. Pandora correteaba detrás de una mariposa blanca. Yo me detuve ante aquella gran casa de piedra, cuyas paredes emanaban sangre derramada por otros, miedo derramado por los que la habitaban y una culpa que se podía cortar en el aire.

En la segunda planta había una ventana de madera que dejaba que las cortinas se mecieran al compás del viento. Eran de un color blanco roto, pero muy pulcro y cuidado. La habitación de una niña pequeña y enferma, por lo que pude ver.
No era ella a por quién veníamos hoy.
Sin embargo, la curiosidad siempre ha sido uno de mis peores defectos, así que no pude evitar mirar a través del hueco que me ofrecían aquellas cortinas.
Su madre se mecía en una gran butaca de madera, mientras leía un libro con tapa de cuero negro y agrietado, páginas amarillentas y quebradizas… como su alma en aquel momento. A pesar de todo, guardaba un millón de sonrisas, perfectamente ensayadas, para corresponder la triste mirada de su hija.

En mi mundo todo es muy distinto a la realidad que percibes.
En realidad, en mi mundo todo puede ser como quieras percibirlo. Así que no voy a perder el tiempo dándote detalles.

Me sorprendió ver que a pesar de aquella noble encuadernación, aquel libro estaba escrito a mano y que cada página la remataba el pequeño dibujo de una flor. Una flor distinta para cada página, un cuento distinto para cada noche, una vida distinta para aquella niña que se iba consumiendo.
Pasé algunas páginas y lo que leí me enterneció lo suficiente como para dejar de leer. Aquella mujer que leía aguantaba las lágrimas en el filo de sus párpados y mantenía una sonrisa perfecta en su rostro.

– Mamá – dijo la niña desde el suelo, tumbada y mirando a un cielo lleno de pequeños aviones que colgaban de unas vigas de madera vieja, moteadas y agrietada- ¿Me lees el cuento del diente de león?

Aquello era algo que debían disfrutar ambas, por lo que salí de allí, no sin antes hacer que decenas de penachos de dientes de león entrasen por la ventana. Por un momento, la sonrisa de aquella niña y aquella madre fueron sinceras.

 

Pandora no estaba cerca, pero sabía perfectamente dónde se encontraba.
La seguí por un pequeño camino de tierra mojada que se abría paso entre una vegetación que cada vez se veía menos humanizada, menos cuidada también. Seguí caminando hasta que la hierva dio paso a una tierra seca y amarillenta.
Un soldado alemán caminaba de izquierda a derecha, unos cien metros, para luego dar la vuelta… hacía y rehacía su camino. Un camino que tenía marcado en el suelo y que tenía, para él, ciento cincuenta y siete pasos exactos. El muchacho, de unos dieciséis años se mostraba firme, con su uniforme impoluto salvo por esos puños y cuello manchados por el sudor.

Me paré delante suya y noté cómo se tambaleó al acercarse a mí.
Hacía todo lo posible por no desviar la vista y mirar siempre adelante.
Marcaba el ritmo con fuerza.
Me aparté para no detenerlo.

En paralelo a ese camino, un enrejado metálico grueso y hexagonal, que iba desde un poste de madera a otro, rodeaba un gran patio solitario y triste.
Pandora se encontraba fente a ese enrejado, sentada sobre sus talones, mirando a los ojos a un niño que tendría unos 7 años, aunque su aspecto delgado y ropas andrajosas a rayas azul oscuro, le hacían parecer un anciano de poca estatura. Su cabeza rapada brillaba de una forma extraña bajo aquel sol que ese escondía.

Cuando me acerqué, vi un millón de sueños hechos añicos bajo sus pies.
No solo los había arrojado contra el suelo, sino que los había pisoteado para que fuese imposible reconstruirlos.

– Cuando miras mucho tiempo al abismo… – empezó a susurrar Pandora.
– El abismo también mira dentro de ti. – completó la frase aquel niño para después levantarse.

Pandora hizo lo mismo y se quedaron mirando fijamente.
Los ojos grises de Pandora reflejaban el marrón oscuro de los ojos de aquel pequeño.

– ¿Cómo te llamas? – preguntó el pequeño.

No habíamos venido por él.
Es más… su vida no llegaba a su fin aquí.
Pero era muy triste lo que le tenía reservado a él y a todo el que se cruzase con su yo adulto.

– Pandora, nos tenemos que ir. – Le advierto poniéndole una mano en el hombro. Ella agarra mi mano con sus dedos fríos… tanto que quemaba. – No puedes hacer esto. Ya sabes cómo es…

Tuve que apartarme.
El frío era insoportable.
La piel del joven se tornó azul, el aliento salía convertido en un vapor denso.
Era algo que solo percibía yo porque Pandora lo quiso así.
Elegí un lugar lo suficientemente lejos de ellos pero lo bastante cerca para intervenir si fuese necesario.

– ¿Cómo te llamas?- volvió a preguntar el pequeño.
– Pandora. – tenía una voz muy tierna. – ¿Y tú?
– Joel. – le respondió mientras limpiaba sus manos en aquellos ropajes para luego tenderlo la mano. Pandora correspondió su saludo. – ¿Eres la niña de la ventana?
– No, Joel. Pero podría serlo si quieres.
– Me gusta que seas así. Pensar que eras tú…

Tengo que reconocer que en ese momento, si hubiese tenido corazón, se me habría parado. Aquel pequeño aún seguía con vida, a pesar de haberla tocado.
Duró tanto y fue tan firme aquel apretón de manos que sugería un abrazo, de esos fuertes, hasta dejar salir todo el aire que tenemos dentro y que en ese momento solo ocupa el espacio que no debe.

No hicieron falta más palabras.
Pandora había visto y vivido lo que aquellos ojos marrones me habían mostrado a mí.
Se llevó la mano al pecho con horror, soltando aquella mano débil que acabó clavándose en el espino de aquella reja.

– Por favor, no dejes que pase- suplicaba aquel niño, llorando.- No dejes que pase…

Me levanté.
Pandora sabía que no nos estaba permitido matar a nadie si aún no había llegado su hora. Nosotros no debíamos interferir en el desempeño de la historia. Sin embargo, todos sabemos que la vida te sorprende a cada instante, y lo que ahora parece estar perfecto y brilla, en un instante puede romperse y apagarse para siempre.
Pandora lo sabía mejor que yo, y sabía manipular todos los tiempos enlazados, todos los universos infinitos… Así que la mente de una persona, para ella, era un juego de niños.

Se acercó a aquel joven soldado.
Solo bastó con agarrarlo por el brazo, susurrar su destino más cercano y apartarse.

El joven rompió su camino a los noventa y cuatro pasos.
Giró sobre sus talones y marchó de la misma forma decidida hacia el niño.
Desenfundó su arma.

Joel no apartaba la mirada de Pandora.
Sonreía, triste, pero sonreía.
Una fuerte explosión despertó el canto de todos los pájaros adormecidos que descansaban en los árboles.
Una humareda se escapaba de ese arma, que ahora temblaba sobre las manos de un adolescente confundido por lo que acababa de hacer.
El pequeño estaba en el suelo, con la mirada perdida en las densas nubes que se paseaban por ese cielo anaranjado en algunos puntos y tan azul como las rayas de su pijama en otros.

– SABES QUE NO DEBES…- grité a Pandora cuando el joven apretó el gatillo tras morder con fuerza el cañón de su pistola. Se hizo el silencio.

Pandora me abrazó.
Me dejó sin aliento y me sonrió.
Todo se volvió negro.
Toda sonido se perdió.
No sabría decir por cuánto tiempo…

Cuando abrí los ojos, no reconocía dónde nos encontrábamos. Pero por el olor, sabía que estábamos en algún lugar de Japón.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: