Noches de Madrid por los tejados

Madrid es una ciudad que se transforma por la noche.

Miles de coches que se quedan sin vida para dar paso al silencio de esa gente que pasea, que disfruta de un cielo estrellado que apenas pueden ver, de una luna que no sabe si mostrarse llena o en su forma menguante.

Por la noche, las luces artificiales que iluminan la ciudad le otorgan un aspecto más mágico del que le permite tener la luz del Sol.

Me gusta disfrutar de los sonidos de las risas en los callejones, la música de locales que se olvidan de cerrar, el sonido de unos zapatos de tacón que sin querer pisan a otros zapatos negros y que permiten un abrazo cómplice y sincero.

A pesar de ser una noche de primavera más, era perfecta para dejarse llevar por los silencios de Madrid.

Me gustan las noches de Madrid por los tejados.

A lo largo de mis muchos años de vida, apenas he conocido a nadie que mire hacia arriba cuando camina para contemplar los edificios que le hacen sombra. Solo, quizás, aquellos de corazón más loco que intentan quedarse con los detalles bonitos de cada momento.

Pandora se encontraba sentada, a los pies del ángel que corona el edificio Metrópolis, mirando cómo paseaba la gente por las avenidas. Tenía una mirada triste y aburrida. Como si sus ojos ya se hubiesen cansado de ver tantos atardeceres, tantas noches tranquilas, tantas vidas pasajeras… Igual que aquel ángel, se sentía con la necesidad de saltar y volar libre. Soñaba con alcanzar un cielo que no existía, una dimensión mucho más real que aquella dimensión de la que era dueña. Soñaba con algo real, auténtico, que no pudiese dominar para que de verdad pudiese sentirse parte de un todo mayor. Ahí es donde entra en juego su profunda curiosidad por la vidas humanas y sus infinitos mundos internos. Disfrutaba mirando a los ojos a esos transeúntes para, en un instante, recorrer la infinidad de mundos que habían creado con cada una de sus decisiones y sus deseos más íntimos. Un instante le bastaba para comprender que todas las personas sabían que de todas sus posibles realidades, esta realidad que ahora vivían no era la que querían de verdad.

A pesar de todo, a Pandora, eso nada más que le ofrecía miles de millones de vidas de mentira. Nada de lo necesitaba. Sin embargo, le fascinaba la mirada de los bebés, tan profunda y sincera que, a pesar de vivir sin comprender, tienen claro que su vida es solo una y que es la que ofrecen, pura y real. Las únicas vidas que de verdad se quieren sin querer.

Pandora suspiró de emoción y empezó a mover sus piernas, sobre el abismo que le ofrecía aquel quicio de mármol, cuando contempló como paseaba una pareja cogida del brazo. A pesar de que normalmente no se quiere la vida que se tiene, la mayoría de las personas sabían que existían momentos en su vida que no cambiarían por ningún otro. Como otra pareja que paseaba con su hijo pequeño balanceándose entre ellos, cogido de sus manos.

Ahora su mirada mostraba el pequeño destello de la emoción que causa un recuerdo bonito o una idea que podría ser pero sabes que no será. El destello de una ilusión que, aunque pequeña, le bastaba para dibujar una sonrisa.

El ángel de bronce conocía miles de historias, de fragmentos de vidas. Su mirada, a pesar de inanimada y fría, escondía la luz de todos los atardeceres que había visto Madrid y la tristeza de todas aquellas personas que renunciaban a una noche infinita porque el deber les puede mas que el deseo.

Llega un momento en la noche en el que la mayoría de las personas que pasean por Madrid no son de la ciudad. Eso es algo que me encantaba de esta ciudad, además de todos sus silencios sinceros sobre los tejados de Madrid.

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