Algo cotidiano

Como cada mañana, entra en la cafetería diez minutos antes de que el reloj marque las ocho. Se quita el abrigo gris y se dirige a la misma mesa de siempre. Deja el abrigo sobre el respaldo de la silla y saca un libro de su bolso, como cada mañana.

Era cotidiano que se apartase el pelo y se lo colocara tras su oreja derecha mientras leía.
La camarera le sirve su café largo con muy poca leche; la suficiente para que perdiese su color negro y se pareciese al color de sus ojos.

Ella da las gracias con una sonrisa sutil sin apartar la mirada de aquellas páginas de color crema. Hoy, a diferencia de otros días, había una ilusión oculta en sus pupilas que brillaba con cada letra que leía.

Hoy comienza a leer un libro nuevo.
Y lo cotidiano, cuando empiezas a leer un libro nuevo, es dejarte llevar por el olor de sus páginas, por su textura, por el nuevo estilo y su voz… Si encuentras la voz de un libro al comienzo, se convierte en una historia inolvidable.

Da un último sorbo a su café.
Me mira.
Sonríe.
Vuelve a perderse entre las páginas de su libro con la sombra de esa sonrisa aún en sus labios, ajena a que escribo sobre ella y sobre ese algo cotidiano que me inspira desde que se cruzó conmigo, a las ocho menos diez minutos de cada día en la cafetería que, ahora, es solo para nosotros dos.

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