Los dragones existen

Tu pelo caía sobre tu hombro izquierdo dejando a la vista una sutil constelación de lunares sobre tu piel desnuda.

Sentada sobre una gran roca en mitad de la pradera leías un libro viejo, de hojas desgastadas y portada quebradiza que parecía sonreír en tus manos. Tarareabas una canción que se mecía al ritmo de las hojas más bajas de aquel árbol que te daba sombra.

El mar rompía con fuerza a lo lejos, al borde de aquellos acantilados que auguraban el fin del mundo, y dejaba en el viento un sin fin de motitas diminutas que acariciaban tu rostro.
El estruendo intenso de las olas era sofocado, casi al instante, por el delicado rumor que se disipaba con la espuma entre las rocas.

Y de pronto, un aullido acompañaba la voz del mar.
Alzaste la vista y tus ojos negros se posaron en la delgada línea que separaba el cielo de la tierra.
Soltaste el libro sin marcar ninguna página y corriste hacia aquel límite del infinito que te mantenía con los pies en la tierra.
Y saltaste a pocos pasos del fin.
Y gritaste.
Y te sentiste libre, al remontar el vuelo a lomos de aquel dragón de ojos dorados.

 

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