Un juego sin fin

Me pediste que jugase contigo mientras te quitabas la ropa.
Mi locura, atada sobre tu cama, vibraba con el deseo incontenible
de tomarte sobre esas sábanas blancas.

Y te acercaste.

Siento que me estalla el pecho
cuando recuerdo el perfume de tu ropa interior sobre mi rostro
durante ese preciso (también precioso) instante en el que te posaste sobre mí.

Y me desataste.

Incontrolable,
me pediste que arrancase la ropa que quedase sobre tu piel
y que te llevase, conmigo, a donde no quepa un regreso.

Y me mordiste.

Me pierdo en el delicioso recuerdo del sabor de tu piel y en el delicado tacto
(casi eléctrico)
que me incitaba a recorrer cada pedacito de ti
con estas manos temblorosas con las que te escribo.

Jugaste conmigo.
Yo, contigo.

Y sobre ese desorden irreparable me miraste
(te juro que paraste el tiempo)
y con el corazón en los labios y todos nuestros fuegos en los ojos
me besaste.

Y joder, ¿cómo puede terminar el juego con esos besos?

 

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