Una España bicolor

Hoy me viene a la mente el recuerdo de una España bicolor.
No porque lo haya vivido. No.
Sino porque el recuerdo de quien fuese una niña desdibujó mi memoria tras una historia que casi siempre acababa en llanto.

Yo era un crío entonces.
Todas las tardes salía a la calle con mis amigos, casi todos vecinos, a jugar a la pelota en la calle. Ahora sonrío al recordar que, entonces, mi mayor preocupación era correr hacia la acera al grito: ¡que viene un coche!, cuando escuchábamos algún motor a lo lejos.

También era común que las personas mayores saliesen a sentarse a las puertas de sus casas. Sobre todo, cuando se acercaba el fin de la primavera.

Así, fue una de estas personas, abuela (seguro) de alguno de los niños con los que jugaba, la que un día nos contó una historia que aún recuerdo casi como si la hubiese vivido.

Contaba que, cuando era pequeña, justo antes de estallar la Guerra, vivían en una casa que era muy parecida a la que era la casa de mi bisabuelo. Quizá por eso tengo los recuerdos tan vívidos. Yo pasaba los veranos en esa casa, incluso aún recuerdo el olor a humedad, a pared blanca y quebradiza y cómo no, el inconfundible olor del limón que daba sombra al patio central de la casa.

Y era allí, usando ese patio de referencia, donde tuvieron que cavar un agujero en el suelo con el tamaño suficiente para que su padre y su hermano cupiesen en cuclillas. El suelo era muy duro, nos decía, y por eso les costó varios días cavar aquel agujero. Y no solo eso, los escombros y restos de tierra tenían que disimularlos de alguna forma.

Ella cerraba sus manos arrugadas y las introducía en sus bolsillos mientras recordaba cómo vivió estos momentos. Su madre la mandaba, con los bolsillos (agujereados) llenos tierra y pequeñas piedrecitas, a pasearse por el pueblo para soltar aquellas sobras mientras andaba. Inconscientemente, yo me ponía en el papel de aquella niña y me imaginaba caminando por las calles asfaltadas de mi pueblo tal y como yo lo conocía, pero no como eran a comienzos de siglo.

Después llamaban a su puerta.
Los de un bando y los de otro.
Todos se acordaban de todos cuando buscaban el interés de unos terceros.
Nadie quería esa guerra. Nadie quería luchar en esa guerra, nos decía.

Yo me estremecía al ver cómo le temblaba la voz cuando contaba cómo llamaban a su puerta. Me entristecía ver cómo se le quebraba la voz cuando nos contaba cómo lloraba, escondida bajo la cama por miedo a que una mirada indiscreta pudiese delatar a su hermano y a su padre.

Hoy recuerdo aquella España de rojos y azules, como ella decía.
Hoy recuerdo aquellos tiempos en los que, para mí, el rojo y el azul no eran más que simples colores.
Hoy recuerdo y me lamento de que existan ideologías que hagan llorar a un niño.

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