Un pijama a rayas (Parte I)

De todas las luces que nos puede ofrecer el Sol, la que arroja al atardecer es la más hermosa de todas. Ya sea por cómo me permite ver tu realidad: más anaranjada, más nostálgica, más triste (a veces), más calmada… O puede que sea porque en este momento del día todo se acalla, se torna tranquilo y plácido hasta el punto de que contagia e invita a abandonarse a un descanso templado a la espera de la noche.
Siempre he pensado que es el momento en el que la realidad se cansa de ser tan real y se decide a mostrarse tal y como es, más anaranjada, más mágica y trascendente. Y es ahora, en este momento del día, en el que parece mostrar atisbos de esa raíz oculta que esconde, ese pequeño pedacito de mi mundo que muy pocas personas pueden ver pero que todas sienten.

Por motivos que aún desconozco, hoy nos encontramos paseando por el jardín trasero de una casa a las afueras de una ciudad rota por el odio y la muerta en la desgarrada Alemania. Es un jardín que, a pesar de su gran extensión, está celosamente cuidado. La gran variedad de flores atrae a una gran variedad de insectos que parecen arremolinarse entre los pétalos como si disfrutasen de un baño de polen y perfume.
Pandora corretea con una delicada sonrisa dibujada en su rostro tras una mariposa blanca que, curiosa, deambulaba entre flor y flor sin saber dónde parar a posar sus alas.
Yo fijo la mirada en aquella gran casa de piedra cuyas paredes no eran lo suficientemente sólidas como para contener el miedo la culpa de aquellos que la habitan. Finos hilos de la sangre de otros brotaban de las juntas de las rocas y se coagulaban formando oscuras manchas negras que moteaban toda su superficie.

Mi realidad es tan diferente a la tuya…
Sin embargo, todo lo que ves ante tus ojos, quieras o no, tiene un origen en esta realidad que habito.

A pocos metros bajo el tejado cobrizo, una diminuta ventana de madera deja escapar unas finas cortinas blancas que parecen querer alzar el vuelo y dejarse llevar por la delicada brisa que lo mece todo. El color de la tela, a pesar de desgastado, refleja el cariño con el que aquellas cortinas habían sido cuidadas. Quizá, aquella habitación contiene lo único que aún no había corrompido el miedo y la ambición de aquel país.

Pandora se sienta sobre el tronco de un árbol que parecía haber caído hacía años. Fija la vista en aquella ventana y empieza a tararear una melodía que invita a dejarse llevar por el fin del atardecer y la brisa de la noche que empieza.

No es aquí donde venimos hoy.
No a esta casa.
Aunque, ¿qué importa un instante más?
Ni ella ni yo conocemos las prisas incomprensibles de tu realidad.

A pocos pasos de nosotros, una pequeña puerta, entreabierta, da paso a una cocina grande, pulcramente recogida y organizada.
Un pequeño horno de piedra da calor a toda la habitación y al resto de la casa.
Diminutas briznas de madera y carbón chisporroteaban y chocaban con las piedras grises que las contenían.

Camino hacia un pasillo que deja a la derecha unas escaleras de madera oscura y que da paso a un enorme salón en el que discuten tres hombres uniformados.
En sus ojos se puede ver el terror provocado por la incertidumbre del fin inminente de la guerra y el desconcierto de qué será de ellos y sus familias en próximos meses. Uno de ellos, seguramente el dueño de esta casa, está derrotado en un sillón de tela marrón oscura. Escondía su rostro entre las manos mientras sus piernas tiemblan rítmicamente marcando un tempo irritante.
Un suspiro escapa de entre sus manos.
Saca un cigarrillo de la cajetilla arrugada que había sobre una pequeña mesita cerca del sillón. Otro de los asistentes le da fuego.
Casi desaparece la mitad del cigarro en la primera calada.

Dados a su discusión, los dejo atrás y subo las escaleras.
A dieciséis escalones de distancia, encuentro una puerta entreabierta que da paso a la habitación cuya ventana se podía ver desde el jardín trasero.
De su interior, escapa un susurro suave que parece transportar la fantasía que esconde cualquier cuento infantil. Otra voz, mucho más aguda e inquieta, hace preguntas para conocer el detalle de lo que se narra.

El interior de aquella habitación guardaba los últimos meses de vida de una niña pequeña. La misma niña pequeña que, con sus ojos bien abierto, me mira desde la cama.
Ajenos a la conciencia de su madre, que sigue leyendo los últimos párrafos de aquel cuento, la pequeña se levanta de la cama y se acerca, muy lentamente, hacia mí.

El camisón blanco que viste se mece en cada movimiento que arrastran sus pasos.
Se detiene ante mí.
Alza la vista y me mira.
Sonríe y su sonrisa… Quiero pensar que sonríe porque comprende mucho mejor la muerte que la vida.

Siempre es duro tener que ver morir un alma tan joven como la de aquella pequeña.
Pero no es hoy cuando ocurrirá eso.
No es hoy.

Como si saliese de su propio desconcierto, parece volver a su realidad y se le pierde la mirada en el fondo de la habitación vacía.
Suspira y levanta la vista hacia el techo, dejándose llevar por el vaivén de unos pequeños aviones de madera que cuelgan de unas vigas de madera vieja, moteada y agrietada.
—Mamá—dice la niña tras sentarse en el suelo y cerrar levemente los ojos. Su pelo claro se derrama sobre el suelo en todas direcciones formando una especie de semicircunferencia casi plateada que rodeaba aquel rostro que solo manchaban unas ojeras de un púrpura claro—. ¿Me lees el cuento del diente de león?
Su madre detiene la lectura en el momento en que escucha su voz.
Rompe el silencio con un carraspeo suave y contiene un millón de lágrimas en sus ojos.
—Claro que sí, cielo. ¿Te encuentras bien?
—Sí. Solo es que me gusta ese cuento porque tu voz es distinta cuando lo lees. Me gusta porque sé que lo has escrito tú.
Una lágrima escapa y corre, rápida, sobre la mejilla de aquella mujer.
Se suelta el pelo para ocultar sus ojos y toma aire varias veces.
Sonríe.
Sonríe porque el llanto contenido le impide seguir leyendo.
Me sorprende cómo su sonrisa, perfectamente ensayada, disimulaba una tristeza que era capaz de trascender más allá de su mirada.

El libro que sostiene en sus manos capta mi atención. No por el color azul oscuro y cuidado de la tapa de cuero que lo contenía, ni por aquellas hojas amarillentas que parecían cargar con más años de los que podían soportar.
Lo que llama mi atención es el trazo cuidado de las letras que se entretejen para formar los pequeños cuentos que guarda aquel libro. Otra cosa que llama mi atención es los pequeños dibujos que adornan los márgenes de cada página.
Dibujos de flores.
Dientes de león.
Löwenzahn.
Y es tan distinto el trazo de este título con respecto al trazo de los demás que… comprendo que ese cuento significa para ellas mucho más que cualquiera de los que se guardan en aquella colección.

Cojo el libro.
No el libro que ella contiene, sino el que ella contiene y que atrapa mi realidad.
Puedo sentir el cariño que guarda. Incluso el susurro de todas las historias que han sido contadas gracias a él.
Huele a hierba húmeda, a incienso y a cuero desgastado.
Lo devuelvo a sus manos justo cuando empieza a leer.
Y su voz lo llena todo.
Hace mecer las cortinas de nuevo, como si el viento solo soplase porque le están leyendo un cuento.
Y vuelve una sonrisa a su rostro.
Y vuelve la calma de una tarde que se apaga.
Y entran los primeros rayos de luna por la ventana.

Esta imagen, a pesar de que la tristeza lo inunda todo, es preciosa.

Es curioso cómo, con los años, nos aferramos cada vez más a la vida.
Luego, llega un momento (a cada cual le llega cuando corresponde) en el que, de buenas a primeras, ya no te importa seguir viviendo. Quizá, de tanto aferrarse con todas sus fuerzas a la vida, las personas acaben agotadas y decidan soltarla.

En este mundo de percepción todo es tan distinto a la realidad inmóvil que habitas…

Publicado por

AJRP

Escritor de silencios. Formado en el oscuro mundo de las matemáticas. Loco de atar.

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