libros, poesía, poetry, Reflexión

Tu voz

Me desconcierta tu voz
cuando, de improviso,
se cuela en mi cabeza y me habla
de ti y de mí, de los dos.

Se me da muy mal fingir.

Y es que siento que todo está de más
cuando te echo de menos.

Quiero
comerte la boca,
terminar cada ensueño en tus labios,
desnudar tu cuerpo
y recorrer a besos 
cada pedacito de ti.

Quiero
llevarte en brazos
por las infinitas aventuras que encierran mis cuentos.

Y quiero
que todas mis letras tengan tu voz.
Y que griten, y te digan
que lo único que quiero es amarte
lo justo
para quererte toda mi vida.

libros, poesía

Azul

Siempre me he dejado llevar por el pasado.

He sentido cada recuerdo, de nuevo,
y lo he sostenido entre mis manos.

Yo lo veo como una pequeña esfera,
de cristal frío y desgastado
con diferentes brillos y matices
de color azul.

La música que recuerdo
y me viene a la cabeza en cada momento
me tortura y me destruye
me hace gritar tu nombre
en silencio
y me acompaña hasta altas horas de la madrugada.

Esa música que viene de cualquier parte,
de tu voz,
de tus letras, cuando me escribes,
o la misma música que canto
sin saber que podía cantarla.

Toda esa música la escucho azul.

La estrella que estalló sobre nuestras cabezas
y pasó detrás de ti,
fugaz,
hasta perderse de nuevo,
era de un azul indescriptible,
mágico,
pero azul.

Y el negro en tus ojos,
aquella noche
o cuando los miras al espejo;
ese color negro, siempre
me muestra un destello
azul
cuando me miras.

Y tus labios
y esos besos contenidos,
y los besos apasionados
cuando me haces el amor,
y los besos que me das
cuando me abrazas…

Tus besos
me saben azul.
Y es maravilloso.

Huelo el azul de tu pelo
y el azul de tu piel
cuando la recorro con mis dedos.

Es azul cada una de las palabras que te digo
y es azul
cada suspiro que se me escapa
cuando pienso en ti.

Es azul porque te siento cerca,
da igual donde estés.

Hasta tus puntos suspensivos
son de color azul.

Y es azul
un te quiero.

Es azul.

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Nunca se me ha dado bien echarte de menos

Caminar bajo la lluvia me trae 
una extraña sensación de nostalgia y ternura.

Me es inevitable pensar en ti
cuando las pequeñas gotitas golpean mi rostro
y resbalan sobre mi piel 
como lo hacían tus besos.
Hasta mi música suena distinta
si la escucho pensando en ti.

Nunca se me ha dado bien echarte de menos.

No puedo verme ahora 
pero
sería bonito mirarme desde fuera
para verme con la mirada perdida
silbando una canción 
o tarareando una letra que no conozco
mientras pienso en ti.

Me perturba la idea
de no controlar por qué lo hago
o qué me lleva a ello. 
Pero pensarlo…

Si lo pienso, destruyo 
todo cuanto soy ahora mismo.

Nunca se me ha dado bien echarte de menos.

Sabes
que disimulo muy mal las sonrisas 
cuando no te tengo 
y que me falta el aire si estás lejos.

Si me dejo llevar y silbo,
y tarareo
e improviso un estribillo nombrándote en estas letras…
Si lo hago, 
apareces tú
en mi cabeza, cantando la canción
desnuda entre mis manos
o callándome con un beso.

Y después,
me tiembla el corazón cuando susurras que me quieres,
cuando me llevas
de la mano
a este estado de sobrelocura infinita.

Es por eso
que nunca se me ha dado bien
echarte de menos.

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Recuerdos inventados

Hoy he vuelto,
solo,
a aquella madrugada
en la que una estrella sobrevoló, fugaz,
nuestras cabezas
dejando su estela sobre ti,
un corazón desbordado en mi pecho
y un beso a punto de escapar de mis labios
que nunca te di.

Tiemblo 
cada vez que recuerdo esa noche.
Y sonrío.
Triste, pero sonrío al recordarlo.

Y abandonado,
al silencio eterno del recuerdo,
intento sumergirme en unos sueños
que quizá no recuerde
pero que me llevarán lejos de todo cuanto añoro.

Me hablas, 
justo al borde de la conciencia.
Susurras letras de canciones improvisadas,
frases completas que carecen de sentido,
versos lentos
que algún día recité en tu oído.
Y te cuelas en mi cabeza negándote a salir.

Me llevas, 
cogido de la mano,
por estos mundos oníricos que creas solo para mí.
Me arrastras contigo
a disfrutar del placer de tu piel sobre la mía,
a sumergirme en los eternos suspiros tras tus gemidos
entre sábanas blancas
y a contemplar el sin fin de colores
que estallan en tus pupilas cuando nos corremos.

Despierto, sobresaltado,
con recuerdos que se evaporan y 
se reemplazan por los nuestros,
con el sabor de tu cuerpo en mi boca
y con la percepción de un perfume 
que no puedo describir
pero que huele a ti.

Y al final,
siempre me sorprendo frente al espejo
echando de menos tus ojos y sonriendo,
triste, pero sonriendo,
porque mis recuerdos son mejores
si estás en ellos.

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Ojalá pudiera

Ojalá pudiera recordar
tu voz,
el brillo de tus ojos
y el sabor de tus labios 
en un beso cualquiera.

Desearía poder sentir tu piel
sobre la mía
una vez más,
cualquiera de las canciones
que callabas
y se perdían en una melodía suave.

Ojalá pudiera sentir
tu pelo
enredándose entre mis dedos.

Y
aunque me vea,
a veces,
recordando cómo olvidarte,
ojalá no pueda hacerlo. 

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Como tormenta

Cuando te veo,
cuento los segundos
hasta que escucho tu voz.

Eres como una tormenta a lo lejos
con sutiles destellos
que dibujan montañas etéreas
recortando las nubes.

Eres fuego contenido,
luz 
y estruendo.

Eres la brisa que percibo
y ese olor a tierra mojada
y esa humedad que siento
y esas gotas frías sobre mi cabeza. 

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El poema más bonito del mundo

Llevaba años
persiguiendo la quimera
de escribir el poema más bonito del mundo
y…
Te encuentro a ti.

Cuando me miras,
cuando sonríes,
en cada abrazo,
sobre cada uno de tus pasos
y en tu voz.

Cuando me desnudas
y te desnudo,
cuando nos rendimos
a las caricias de tu piel
sobre la mía.
Y en cada beso
que me derrite.

Llevaba años
buscándolo más allá de ti
cuando, en realidad,
el poema (mi poema)
más bonito del mundo
eres Tú.

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Promesas omitidas

Disolvemos las dudas
con una botella de vino tinto,
brindamos
y vemos cómo arde
nuestra ropa
en la hoguera del olvido.

Se me encoge el pecho
en los silencios que separan
cada una de tus palabras.
Y contienes mis suspiros
en cada beso
mientras recorres mi cuerpo
con tus manos.

Y juntos
destruimos
cada una de nuestras promesas omitidas.

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Mi primer poema

A raíz de la organización del I Certamen Literario que se realiza en mi localidad natal, varias personas me han trasladado su inseguridad a la hora de escribir. Esto me ha llevado a pensar en qué fue lo que me llevó a escribir o qué es lo que me motiva y, sinceramente, no encuentro ese factor raíz que me lleva a hacerlo. Supongo que serán un cúmulo de cosas: crear, evadirme, liberarme, compartir… Puede que todo eso junto sea “el motivo” que me lleva a escribir.

Aunque no sepa qué me lleva a hacerlo (mucho menos voy a saber qué me hizo continuar), sí recuerdo el primer poema que escribí.

Recuerdo que estaba en cuarto de primaria.
Y no podría estar más agradecido de los maestros que tuve durante ese periodo educativo en el que consiguieron educarme y formarme con un sistema totalmente distinto, sin exámenes, donde primaba la pasión por aprender y compartir conocimientos y valores básicos.

Y así, un día, como ejercicio para fomentar la lectura y la escritura, mi maestro nos pidió que escribiésemos un poema para el día siguiente.

¡Un poema!
¿Qué es un poema?

Recuerdo pasar el resto de la tarde buscando poemas en mi libro de Lengua.
Recorrí el libro de principio a fin y descubrí lo que era un verso, una estrofa. Descubrí que existían las rimas: asonantes y consonantes. Aprendí las distintas formas de medir de una métrica que se adaptaba a su tiempo. Y descubrí la musicalidad oculta en las palabras.

Puede que aquel momento fuese mi despertar como escritor.

Y escribí.

Mi primer poema, con rima torpe y musicalidad improvisada, contaba la monótona historia de un saltamontes que saltaba en dirección a un río.
Recuerdo contar los saltos del insecto:


uno
dos
tres

Y de pronto, una rana aparece en la historia para comérselo

Ahí me dejé llevar un poco por el miedo, la angustia.
Y mágicamente, aquel saltamontes escapó de la boca de aquella rana para alejarse del río saltando:


uno
dos
tres

Y contando, terminé de escribirlo.
Me sentí extrañamente satisfecho. Me encantaba mi primer poema.
Recuerdo correr hacia mi madre para leérselo.
Luego se lo leí a mi padre.
Y guardé muy bien la libreta para asegurarme de que al día siguiente no me la dejaba olvidada en casa.

Cuando llegó el momento de la lectura, recuerdo estar muy nervioso.
También recuerdo que fuimos muy pocos los que escribimos algo.
Y lo leí.
Intenté hacer sus pausas al final de cada verso (como me habían dicho).
Intenté no perder la musicalidad leyendo. Lo intenté…
Pero recuerdo que me temblaba la voz.

Cuando terminé me sentí liberado pero la emoción se tornó un poco agridulce.
Ahí es cuando el recuerdo se nubla, porque el resto de la historia dejó de ser emocionante.
Recuerdo que algunos compañeros me decían que no tenía sentido.
¿Cómo un saltamontes que se come una rana puede escapar de la rana y seguir saltando como si nada? ¡Debería estar muerto!

Pues sí. Tenían toda la razón del mundo. Por pura lógica debería estar muerto.
Sin embargo, yo había entendido que la poesía era imaginación, sentimiento, imposibles, ritmo… Y yo necesitaba que mi saltamontes saliera y volviese a saltar. Por el ritmo, por los imposibles y porque era mi poema y yo hacía con mi poema lo que me daba la gana.

Y recuerdo que me enfadé.
Ahí entró en conflicto mi pedacito de cabeza creativo con el pedacito de cabeza lógico.
A esa edad no sabía gestionar críticas.
A esa edad no sabía poner en valor la imaginación frente al realismo.
A esa edad dejé de escribir.

Hoy no recuerdo qué hice con la libreta de cubierta roja donde escribí ese poema.

Más tarde, no recuerdo cuándo ni por qué, volví a escribir.
Escribía historias improvisadas.
Escribía poemas de rima forzada.
Escribía por escribir.

Y escribiendo, sigo intentado llegar a cualquier parte con palabras fijas.

Para mí, esa es la magia de la Literatura: llegar con una voz que no es la mía al alma de cualquier persona sin importar el lugar o el tiempo.

Aún así, a pesar de esa magia, sigo sin saber por qué escribo.