Te echo de menos

Hoy, más que nunca, me veo inmerso en un continuo echar de menos que me hace buscarte en cada lugar y a cada instante.

¿Se puede echar de menos unas manos que jamás se han perdido en mi piel?

¿Se puede echar de menos esa voz que parece cantar en cada palabra?

Y los besos que nunca me han dado, ¿cómo los puedo echar de menos?

Lo sé, yo tampoco lo entiendo.

Te echo de menos.

Cielo

A veces se me queda pequeño el concepto de cielo. No sé qué es.

¿El cielo es todo cuanto tenemos sobre nuestras cabeza? ¿Es todo cuando se aleja de aquello que se esconde bajo nuestros pies?

De ser así, es extraño vivir en este desconcierto entre cielo y tierra.

A veces pienso que el cielo es solo la imagen que veo cuando alzo la vista. Esa realidad virtual que existe ahí arriba, casi inalcanzable salvo en esos días de niebla en los que parece que se rompe para rodear todo cuanto soy con esa neblina semitransparente.

Otras veces pienso que el cielo es esa infinidad de estrellas, esas pequeñas estrellas fugaces que desaparecen rápido como esas lágrimas que se te escapan cuando la emoción te sobrepasa o esa luna que, en ocasiones, se para a sonreír.

A veces pienso en ti cuando miro al cielo. A veces…

Y creo que, pensando en el cielo, he comprendido que tú eres ese cielo que intento explicar.

Distorsión

Vuelvo a llegar tarde.
Y aún así tú siempre me esperas.
Sentada en esa barra improvisada frente al gran ventanal que da a la calle.
El pelo te cae a ambos lados, tapando tu rostro.
Me acerco por detrás susurrando un buenos días,
besando tu mejilla
con la dulzura contenida de quien aún se cree en sueños
y pierdo mi mirada en ese pequeño libro que sostienes.

Ya posa el recuerdo de tus labios
sobre la taza blanca de café y pienso:
¿si hubiese llegado un instante antes
habrían posado tus labios ese primer beso en los míos?

Sonrío.
Te abrazo
y acomodas tu cabeza en mi pecho.

Nos perdemos. Tú y yo nos perdemos
en el espejismo irreal
de todos las luces, edificios y gentes distorsionadas
por las pequeñas gotitas de agua que cubren el cristal.

 

Entre palmeras en el mar

Hoy nos imagino bailando
entre palmeras en la arena
a pesar de que no sé bailar.

Después nos veo corriendo para dar saltitos
sobre grandes piedras blancas
que quiebran el mar.

Nos sumergimos.
Cogidos de la mano
nos sumergimos.

Y me llevas…
No se dónde, me llevas.

Aprietas con fuerza mi mano
y tiras hacia ti.

Entre mil sombras dibujadas
en agua y sal
no puedo verte.
Pero sé que sonríes
porque puedo sentir tu sonrisa
en cada uno de estos besos que me das.

Besos etéreos

Aún lejos, a veces ausentes,
siento en mis labios esos besos
que no me das.

Besos que parecen enredarse
con cada una de esas palabras que dices
pero que rara vez pronuncias.

Besos que, a veces, son más que besos.
Besos que, rara vez, son besos.
Besos que se sienten como la débil luz
de un faro lejano
cuando solo ves mar.

Besos…

Me cuesta

Me cuesta seguir estos razonamientos difusos que se entrecruzan en mi cabeza.

Me cuesta seguirte cuando corres a través de mis recuerdos, desordenando todo cuanto fui y distorsionando todo lo que soy ahora.

Me cuesta encontrarme si te tengo cerca pero me basta con saberme vivo en tus brazos.

Me cuesta. Cada segundo lejos de ti me cuesta.

Y aún costándome la vida cada instante, más me costaría que no existieras.