Autor: Antonio J. Ramírez Pedrosa

Escritor de silencios. Formado en el oscuro mundo de las matemáticas. Loco de atar.

Gracias, abuelos

Siendo tan distintos, los cuatro, siempre os he considerado como un único referente que me unía a un pasado que nunca he vivido: cada una de las historias que me contabais o esa emoción contenida que transmitíais en cada una de las vivencias que hacíais mías.

Son todos los momentos que pasamos juntos, abuelos, lo que ha hecho que tenga una conexión tan grande con ese pasado que, sin conocerlo, siento mío.

Sin darme cuenta, la vida pasa en un suspiro.

Hoy, la esencia de lo que fuisteis amenaza con volverse efímera.
Como si ese nexo con mi realidad quisiera desaparecer con vuestra partida.
Sin embargo, siempre prevalecerá vuestro recuerdo, los valores que me habéis transmitido y las huellas que habéis dejado en mi camino.

Gracias, abuelos.
Gracias a vosotros y a lo que habéis sido,
podré rememorar mi vida
y vivirla en adelante
bajo la inocente mirada de un niño.

Escribo

Escribo
en ese viaje eterno
que siempre me lleva a mí mismo.

No es por hacerte sentir lo que crees sentir
ni por ayudarte a comprender todo eso
que tienes cerca y que
pocas veces
crees ver en las palabras de otro.
(Quizá en las mías)

No es, si quiera, por formar parte de tu vida
aunque solo fuese un instante.

No.

No escribo por nada de eso.

Escribo
porque creo encontrarme en momentos
que se me hacen fugaces

Escribo
porque cuando lo hago
creo saber quién soy.

Escribo para convencerme de que siempre puedo dar un poco más.

Y aunque a veces crea perder el rumbo
entre la tempestad caótica del verso libre
siento que no voy a sentirme más cómodo
en ningún otro sitio.


Si te llamo esta noche

Y si te llamo esta noche, ¿estarás?

No tengo nada más que el silencio que guardan todos estos botellines vacíos, mil palabras que amenazan con escapar y perderse para siempre y el deseo incontrolable de gritar hasta perder el sentido.

Aun así, si te llamo esta noche, ¿estarás?

La voz del mar

No sabría decir cuánto tiempo llevo embarcado en este viaje sin fin que me lleva a visitar ciudades por todo el mundo.

Los días pasan de forma distinta cuando se vive sobre el mar.
Los colores, también parecen transformarse y tomar cierto matiz azulado y gris.

La lluvia es muy distinta, también. Cada gota forma un cráter efímero sobre el agua y emite un sonido tan sutil que parece ensordecer a todo cuanto nos rodea.

El olor a lluvia. Eso es lo único que echo de menos en el mar. Por lo demás, no lo cambiaría por nada.

No sabría decir cuánto tiempo hace que salgo cada noche a cubierta para buscar consuelo en la delicada voz del mar.
Es su voz tan distinta…
Cuando escuchas al mar desde tierra parece que te grita, como si no quisiera que te acercaras. En cambio, cuando estás dentro… Cuando pasas tiempo viviendo sobre el mar, su voz se vuelve más calmada. Más efímera y casi imperceptible.
Susurra e hipnotiza.

La voz del mar.

Y en la noche, el leve brillo de la luna sobre las olas y el destello de las estrellas sobre esta superficie cuasicristalina te atrapa y te invita a saltar.

Nuestro país de las maravillas

Este país de las maravillas no me lo ha descubierto
un conejo blanco que corre, nervioso,
pensando que llega tarde a una cita inexistente.

Este país de las maravillas no tiene una liebre de marzo
que se esconde, simulando una locura transitoria
donde solo un loco se atreve a parar el tiempo.
Tampoco existe un sombrerero que, sintiéndose muy por encima del cielo,
ponga algo de cordura
a todas estas fantasías intangibles de nuestro país de las maravillas.

No existe una reina de corazones
que quiera cortarnos la cabeza.
Bastante tenemos con perderla por nosotros mismos.
No existe una oruga que fume en pipa
aunque a veces, el humo se vea denso
simulando la niebla,
más allá de ese desfiladero al otro lado del infinito.

En este país de las maravillas
llueve a veces,
y huele a incienso.
Hace frío cuando se pone el sol y justo antes de amanecer
para que no exista noche en la que mi piel no busque la tuya.

Hace unos días nevó
en nuestro país de las maravillas.

Y siempre, siempre,
la luna nos sonríe antes de desaparecer.

Este país de las maravillas no es ese país de las maravillas
en el que todos piensan.

Este país de las maravillas,
nuestro país de las maravillas,
es maravilloso
solo porque estás en él.

Luz cegadora

Puede que pase el tiempo,
sientas que faltan mis palabras
y creas que el silencio ha sepultado todo cuanto fuimos.

La música seguirá dibujando
esa imagen que tenía de ti
aunque deje esta extraña sensación de vacío.

Créeme
no habrá luz que me ciegue
borrando todo de pronto
ni dejaré que el olvido
se lleve ningún recuerdo tuyo.

La música del recuerdo


La música del recuerdo es una colección de poemas y relatos que encierran una melodía distinta cada uno.
La música del recuerdo es eso que sientes cuando una frase te recuerda un momento pasado, cuando lees un verso aislado y sientes que rima con una conversación entretejida con el humo de un café en invierno.
La música del recuerdo es lo que te hace llorar cuando duermes, lo que escuchas cuando tienes una canción de fondo y no le prestas atención pero te trae el recuerdo de un pasado mejor.
La música del recuerdo es la ilusión por lo que podría pasar. Es un latido fuerte y lento. Es un abrazo.

Mi música del recuerdo es lo que podrás leer en estas páginas, lo que encontrarás aquí.


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Nunca se me ha dado bien echarte de menos

Caminar bajo la lluvia me trae 
una extraña sensación de nostalgia y ternura.

Me es inevitable pensar en ti
cuando las pequeñas gotitas golpean mi rostro
y resbalan sobre mi piel 
como lo hacían tus besos.
Hasta mi música suena distinta
si la escucho pensando en ti.

Nunca se me ha dado bien echarte de menos.

No puedo verme ahora 
pero
sería bonito mirarme desde fuera
para verme con la mirada perdida
silbando una canción 
o tarareando una letra que no conozco
mientras pienso en ti.

Me perturba la idea
de no controlar por qué lo hago
o qué me lleva a ello. 
Pero pensarlo…

Si lo pienso, destruyo 
todo cuanto soy ahora mismo.

Nunca se me ha dado bien echarte de menos.

Sabes
que disimulo muy mal las sonrisas 
cuando no te tengo 
y que me falta el aire si estás lejos.

Si me dejo llevar y silbo,
y tarareo
e improviso un estribillo nombrándote en estas letras…
Si lo hago, 
apareces tú
en mi cabeza, cantando la canción
desnuda entre mis manos
o callándome con un beso.

Y después,
me tiembla el corazón cuando susurras que me quieres,
cuando me llevas
de la mano
a este estado de sobrelocura infinita.

Es por eso
que nunca se me ha dado bien
echarte de menos.

Elvira Sastre, domadora de palabras

Cuando hablamos de poesía, en parte, también hablamos de Elvira Sastre.

Te invito a leer este artículo en el que se habla de su obra y recorrido de la mano de J.DíazdeCerioJackson (https://profesorjonk.com/author/jdazdeceriojackson/)

profesor jonk

El sexo de los autores siempre me ha resultado indiferente. Al igual que su nacionalidad, condición sexual o corte de pelo. A veces ni siquiera el nivel de su talento, si existe medidor para ello. Es todo más sencillo. O te llega o no te llega. Y Elvira Sastre, poeta y escritora, a mí me atraviesa a 299.792.458 kilómetros por segundo.

(…)

Y ya sabes

que a mí me gusta acabar los poemas

con el verso perfecto,

eso que empieza en un papel

y acaba en tu boca.

(…)

(Fragmento de “Contra las Cuerdas”)

Y con la boca llena de versos la vida sabe un poco mejor.

 En su presunta simplicidad se esconde una búsqueda personal extremadamente compleja. Desnudar los versos de la alta costura para crear poemas vestidos de calle. No buscar la superioridad intelectual sobre el lector sino su complicidad. Con ello, la elegancia y veracidad que…

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Una tarde en el recuerdo

Me detengo
y susurro al viento tu nombre.

Recuerdo cuando hacíamos este camino
juntos
y el eco de tus pasos
persigue a los míos.

Silba el viento entre hojas
de cobre y azul
como si respondiese palabras etéreas
a ese nombre que se me escapa.

Y huye el sol
tras nubes lejanas
bañando de oro viejo
las copas más altas.

Los árboles proyectan sus sombras
sobre este atardecer que nunca acaba.

Siento tu mano
agarrar fuerte la mía
y tu perfume se desvanece
con este recuerdo fugaz
justo en el momento
en el que se desdibuja la luna.


Fotografía de James Rhodes.