Algo cotidiano

Como cada mañana, entra en la cafetería diez minutos antes de que el reloj marque las ocho. Se quita el abrigo gris y se dirige a la misma mesa de siempre. Deja el abrigo sobre el respaldo de la silla y saca un libro de su bolso, como cada mañana.

Era cotidiano que se apartase el pelo y se lo colocara tras su oreja derecha mientras leía.
La camarera le sirve su café largo con muy poca leche; la suficiente para que perdiese su color negro y se pareciese al color de sus ojos.

Ella da las gracias con una sonrisa sutil sin apartar la mirada de aquellas páginas de color crema. Hoy, a diferencia de otros días, había una ilusión oculta en sus pupilas que brillaba con cada letra que leía.

Hoy comienza a leer un libro nuevo.
Y lo cotidiano, cuando empiezas a leer un libro nuevo, es dejarte llevar por el olor de sus páginas, por su textura, por el nuevo estilo y su voz… Si encuentras la voz de un libro al comienzo, se convierte en una historia inolvidable.

Da un último sorbo a su café.
Me mira.
Sonríe.
Vuelve a perderse entre las páginas de su libro con la sombra de esa sonrisa aún en sus labios, ajena a que escribo sobre ella y sobre ese algo cotidiano que me inspira desde que se cruzó conmigo, a las ocho menos diez minutos de cada día en la cafetería que, ahora, es solo para nosotros dos.

Saltando sobre nenúfares

Esta tarde el cielo dibuja nubes de algodón deshilachado.
El aire se mueve en una dulce brisa con olor a tierra mojada, flores frescas (como el iris azul) y césped recién cortado. Mece el graznido de los patos, el silencio de una ciudad ensordecida por una muralla de árboles que rascan el cielo y el caminar de los visitantes de ese jardín oriental prefabricado.

Un perro corre hacía un cúmulo de palomas que alza el vuelo, dejándolo con esa cara de feliz bobalicón que a todos nos queda cuando llevamos a cabo una travesura inocente y nos sale bien.

Sobre una piedra a la orilla del lago, de pie, una mujer se mira sobre la superficie.
Un sombrero de esparto con un lazo negro cubre su cabeza.
Su larga melena cae a ambos lados, contrastando su color oscuro con el blanco impoluto de su camiseta blanca de manga corta que se pierde en su cintura abrazada por una falda larga que va más allá de sus rodillas.
Son bonitas las sandalias de tacón, de color negro, que visten sus pies dejándolos casi al descubierto.

Sostiene, en su mano izquierda, un bolso de mano a juego con ella.
Se sonríe al imaginarse caminando sobre el agua, dando saltitos sobre esos nenúfares que se tambalean sobre la superficie.
Se contiene, veo en sus ojos que se contiene para no intentarlo… Y se aleja.

Ella se va. Pero queda sobre la piedra la ilusión del momento representada en una niña, casi idéntica, que sí se atreve a saltar.
Así, sobre los nenúfares, provocando diminutas ondas que se pierden al instante, se diluye su ilusión en cada salto.
Se para, justo antes de desaparecer completamente para mirar a su alrededor, sonríe y deja caer una pequeña luna de cristal, que se hunde en el lago, provocando una salpicadura limpia de la que escapa una gota redonda que brilla sobre todo lo demás.

El silencio queda, entre todas las emociones que encierra este jardín de ensueño.

 

 

Bendito miedo

Tengo miedo
de ti,
de tenerte cerca, tras una cerveza
(o dos).

Tengo miedo de perderme
en ese abismo que me invita a saltar
en tus ojos,
de dejarme llevar
por esos suspiros
que pronuncian mi nombre.

¿Qué más da?

Quiero imaginarme dentro
de todo lo que imaginas
para que juguemos juntos,
en ese cuarto que aún no conoces,
a besar despacio,
a encontrarnos, con la luz apagada,
y a descubrir quién calla más alto.

 

A la Hora del Tigre

Se me encoge el pecho
cuando sé que piensas en mí.
El poco aire que me queda
se me escapa en ese te quiero
que no pronuncio
pero que ambos sabemos que es correspondido.

Me llevas y me atrapas
en esas bonitas fantasías
que me tienen el corazón patas arriba.
Me pides, sin decirlo,
que te coma la boca
y
te acercas
con un beso en tus ojos
que me trae la cabeza loca.

¿Sabes?
Ya no puedo ver unos labios pintados
sin recordar los tuyos.

¿En quién sueles pensar antes de apagar la luz?
Yo, si me lo pides,
seguiré esperando
a los pies de tu cama
al comienzo de la Hora del Tigre.

Me encanta(s)

Me encanta cada una de las palabras
que me haces escribirte,
sabiendo que son tuyas.

Me encanta tu sonrisa traviesa,
las risas que reprimes
y que estallan en tus mejillas cursis.

Me encanta cuando me llamas
loco
por las ideas que montas
en tu cabeza
tras leer cualquier frase inocente.

Me encanta pensar que tú dibujas mejor que yo, pero solo un poco.

Me tienes dando vueltas
la cabeza
y eso me encanta.

Tus abrazos.
Me encanta rodearte
y sentirte cerca.

Me buscas con tu mirada
hasta que me fuerzas a que te mire.
Si supieras lo que me cuesta
no besarte cuando haces eso…
creo que lo harías más a menudo.
Y eso me encanta.

Tú. Sobre todo tú.
Me encantas.

Con voz arrepentida

Hoy me arrepiento de no haberlo dicho todo antes.

Me arrepiento de las noches perdidas en las que no hablábamos por vergüenza, de los viajes fugaces en coche que hacíamos cogidos de la mano.
Me arrepiento del tiempo perdido mirando a las estrellas cuando debería haber mirado tus ojos, de no darte los besos que se escaparon entre nosotros cuando nos teníamos tan cerca y de las caricias que nunca existieron.

Me arrepiento de haber hecho más caso a palabras extrañas que a las tuyas y de no saber acompañarte en tus malos días.
No sé si lo recuerdas pero yo aún pienso en aquella noche en la que podría haber cambiado todo pero nos quedamos sentados, uno junto al otro, en aquel sofá de tela azul mientras veíamos pasar a los demás.
Sinceramente… no recuerdo nada más de aquella noche salvo eso.

Pero… ¿Sabes que es lo que nunca me perdonaré?
Haberte soltado tras el único abrazo sincero que me diste.

En estas fotos

Me detengo a contemplar las fotos que tenemos juntos.

Pierdo el tiempo, embobado, frente a esa sonrisa desprevenida que capturé sin que te dieras cuenta.

Lo más cerca que estuve de detener el tiempo para que cada instante fuese solo de nosotros dos, lo puedes ver en estas fotos.

La Música del Recuerdo

Todo empezó como una conversación interna de mí conmigo mismo.
Cuando intento nombrar un concepto demasiado abstracto para el que no existe (o no encuentro nombre) me embarco en un sin fin de ideas sin sentido que me suelen conducir a lo que estoy buscando.

La Música del Recuerdo fue el nombre que me vino a la cabeza para nombrar a esa melodía o canción que es capaz de traer a tu mente un recuerdo (generalmente bonito) del pasado.

En ese momento me pareció un nombre tan bonito que incluso mi Musa loca, sorprendida del razonamiento tan irracional que le propuse, me sugirió usarlo como nombre para un libro.

Así fue.
Recopilé todo lo que estuve escribiendo en este blog durante meses.
Usar una foto para la portada no fue nada difícil. Como si mi yo del pasado supiese que la iba a necesitar en un futuro, encontré la foto perfecta escondida entre el millar de fotos que tengo en la galería de fotos de mi móvil:

20170621_205415.jpg

Y el resultado fue tan bonito que no dudé en lanzarme a la autopublicación.
Es por eso que han desaparecido muchas entradas en este blog.

Ahora mismo solo está disponible la versión digital. Sin embargo, en unas semanas, si todo va según lo esperado, podré ofrecer una versión en papel.

Así, aprovecho esta entrada para dar las gracias a todos los que me leéis día a día.
A todos los que habéis contribuído, de una forma u otra a inspirar cada una de estas letras.
Por ti ha sido posible lo que hoy presento y es por eso que te lo agradezco de corazón.

Gracias.


Comparto los enlaces de Google y Amazon por si es de vuestro interés.
Me ayudaría también cualquier sugerencia, comentario y opinión.

Amazon:

 

Google:

https://play.google.com/store/books/details?id=YxxWDwAAQBAJ

 

 

Mientras duermes

Quiero sentirte entre mis brazos,
con el sueño colgando de tus párpados.

Quiero que te dejes acariciar, desnuda,
para sentir cómo se eriza tu piel
con cada roce.

Y así, cuando duermas,
escribir tu nombre junto al mío
bajo tu ombligo.

Y leerte tus sueños,
mientras los anoto en cualquier folio vacío
para que no vuelvas a decirme,
cuando despiertas,
que no los recuerdas.

 

Sábanas desordenadas

Ella cantaba desnuda, mientras se paseaba por el dormitorio. Él la contemplaba, sentado en la cama, perdido en su cuerpo. Sus miradas se cruzaron, un instante, y prendió en llamas el deseo.

La agarró de los brazos, rompiendo la canción sobre el edredón. Sus labios componían notas de placer al besar su cuello y al acariciar sus pechos mientras sus manos subían por esos muslos que se aferraban a su cadera para no soltarlo.

Ella lo agarra del pelo y hunde su cabeza en su pecho mientras busca con su otra mano el placer de ambos. El sexo entre suspiros que se ahogan en cada beso, el éxtasis que culmina en el uno que forman entre los dos y los gemidos de un final que prolongan hasta caer rendidos…

El sexo que queda en el ambiente se disipa en la noche por la ventana, mientras ellos se abrazan sobre esas sábanas desordenadas.

Infinito más uno

Todo lo que somos está determinado por nuestro pasado, por el presente que nos acompaña y por ese futuro incierto que vamos creando día a día.

Pero es ese pasado el que se pasea por nuestra mente, el que nos indica qué hacer o por qué hacerlo. Ese pasado se escucha como una canción repetitiva de infinitos versos y ritmos cambiantes. Una canción presumida, que saca de nuestra mente lo que se esconde, que sabe que nos hará emocionar con cualquier detalle bonito que nos traiga.

Esa canción me dejó un verso con las palabras de un antiguo profesor de Estadística hace unos días. Él sostenía, para poder tratar la mayoría de los problemas que resolvíamos, que más de treinta es infinito. ¿Para qué necesitamos más?

Ese infinito, al que podríamos llegar perfectamente contando los escalones que subimos para llegar a casa, ha estado paseando por mi cabeza durante los últimos treinta días. Un mes infinito, se podría decir.

Como casi nunca renuncio a ninguna de las ideas que se me vienen a la mente y mucho menos si es un recuerdo tan insistente… Me propuse hacer algo que cumpliera ese concepto de infinito o que, al menos, se acercara.

Hoy, jueves, más que nunca quiero agradecer el tiempo que pasas leyendo cada una de mis palabras, porque si no es por esos ojos que me leen, nada de esto existiría ni tendría sentido alguno. Por eso, hoy quiero que formes parte de ese infinito.

Tomar la decisión de escribir un blog me ha ayudado a sacar de mi mente aquellas palabras que guardaba en alguno de sus infinitos cajones. Es por eso, que en muy poco tiempo, he escrito infinitos (más de treinta) relatos y poemas que he querido seleccionar para escribir lo que yo llamo “La música del recuerdo“.

Este libro, está publicado de forma gratuita en Google Play para que todos los que queráis podáis descargarlo, disfrutarlo y compartirlo.

Son más de treinta entradas de este blog lo que lo forman.
Seguramente, habrá ojos que lean lo que ya han leído. Como si volvieran a escuchar una vieja canción.

Así, el infinito es por el contenido del libro, el más uno es por ti. Porque a pesar de que infinito más uno sigue siendo infinito, tú haces que ese infinito sea cada vez más grande, más exquisito y único. Porque solo tú puedes darle vida a estas palabras y crear sensaciones únicas que nadie podrá crear de la misma forma. Estas canciones serán únicas en tu memoria porque tendrán tu voz si las lees en voz alta, y la voz de tu corazón si las lees en silencio.

Gracias a ti existen estos infinitos.
Por eso, querido uno, agradezco de corazón el tiempo que has dedicado en hacerme llegar hasta aquí, en hacer esto posible y en hacerlo real.
Este libro está dedicado a todos vosotros:

A esos ojos que me leen
y no se esconden.
A esos ojos que me miran.

 

Podéis encontrarlo en: https://play.google.com/store/books/details?id=YxxWDwAAQBAJ

La músicaDelRecuerdo-2