La triste nostalgia del escritor

Hace ya más de tres años que asistí a la presentación de la novela Malemort, el Impotente en la librería 1616 Books de Salobreña. Recuerdo que día antes vi ese libro en el gran escaparate mientras esperaba con Nala. Esa tarde, hablando con Antonio (el librero) me sugirió asistir a la presentación de aquella novela. No era la primera presentación a la que asistía en su establecimiento y, dadas las experiencias pasadas, no pude negarme.

El viernes de la presentación llegué un poco tarde pero con suerte de encontrar asiento libre. Ahora lo pienso y, sinceramente, creo que no me habría importado escuchar a Guillermo Roz de pie. Sus palabras trasmitían el miedo de alguien que se arriesga y se dedica al noble arte de escribir, trasmitía paz porque sabía que estaba consiguiendo ganarse la vida… También nos trasmitió desconcierto y algo de ansiedad mientras contaba cómo veían su trabajo aquellas personas cercanas a él. Y sobre todo, la ilusión al recordar aquél día en el que alguien muy especial para él cogió un avión para estar a su lado en un gran día.

Todo esto lo recuerdo tras ver una foto de Guillermo, a orillas del mar de Galilea. Una foto que vi hace tiempo en una de sus publicaciones en Facebook y que guardé porque, en ese momento, supe que tarde o temprano escribiría sobre esa imagen.

Sinceramente, a pesar de ser una simple foto, emana todo tipo de sensaciones. Muestra a Guillermo, sentado de espaldas a la cámara, con la mirada perdida en unas montañas que se vislumbran al fondo, entre la luz del amanecer (quiero creer que fue al amanecer). No sabría deciros cómo mirarían sus ojos a aquellos puntos lejanos, pero sí os puedo decir qué fue lo que hizo que me interesara por la obra de esta persona, por sus vivencias y por seguirlo en esta red social.

Al terminar su presentación, yo ya tenía una copia de su libro en mis manos y me acerqué a que me lo firmara. Sé que hablé con él durante la presentación, poco pero lo hice. Me sorprendió, sobremanera, cuando mientras firmaba mi libro (también suyo) me preguntó.

-Antonio, tú escribes, ¿cierto?.
-Sí, lo intento- le dije un poco triste porque la verdad es que llevaba muchísimo tiempo sin sentarme a escribir. Muchísimo tiempo sin sentir que lo que escribía era lo que realmente quería escribir.
-Se nota en tus ojos – me dijo – se ve la triste nostalgia del escritor que quiere escribir y no puede.

Le respondí con una sonrisa y le agradecí de corazón que hubiese compartido aquella tarde con todos nosotros. Ha pasado tiempo y muchos pensaréis que esto que escribo no fue del todo así… Quizá no lo fuese. A veces se recuerda con más fuerza aquello que se imagina que lo que realmente pasó. No obstante, estoy convencido que la sensación que provocó aquella conversación, y el recuerdo que guardo de aquel día es lo que escribo.

A veces, quizá solo necesitamos un pequeño estimulo para escribir: una melodía, una canción, una mirada o una sonrisa. A veces necesitamos un llanto o un golpe en la cara. A veces solo un momento de silencio y otras… otras quizá valga con un par de cervezas.

No me gusta forzar lo que escribo.
No me gusta escribir sin sentirlo.
Porque sería como follar sin amor, sin sentimientos.
Te sirve de desahogo, pero perdería el sentido.

Me gusta escribir sintiendo, me gusta disfruta lo que escribo.
Necesito saber que lo que escribo está motivado por un sentimiento profundo, algo no racional. De lo contrario… cualquier podría hacerlo.

Espero, Gillermo, que la próxima vez que nos veamos, no veas la triste nostalgia del escritor en mi ojos.

Cuídate y gracias por motivar estas palabras.

 

Canciones y otros vasos de whisky

En abril de 2008 conocí a José Manuel Lucía Megías. Bueno, digamos que a partir de ese momento esa persona existió para mí. Pero no recuerdo aquel día por haberle conocido, ni por el libro que ahora sostengo en mis manos. Aquel día tuve la suerte de compartir una velada de poesía junto a varias de las personas que más han marcado mi pasado: un maestro y una amiga. Personas que me enseñaron a pensar, a aprender, a vivir y a escribir como ahora escribo.

Tampoco recuerdo que temas tratamos ese día. Sí recuerdo que pregunté, no se el qué. Tengo la imagen de mi maestro, presentando a este poeta, y la imagen de mi amiga sentada a mi lado en uno de esos pupitres verdes para zurdos.

Más allá de lo vivido ese día, el motivo por el que vuelvo a cantar estas canciones es por unas palabras que me encontré, escritas a lápiz, en la última página en blanco. También es verdad que están escritas las soluciones de dos ejercicios de física, pero eso no es lo que despertó esta sensación de paz, de recuerdo y nostalgia.

Las palabras que escribí en este libro dicen:

“Siguiendo a esos versos que huyen… Que se escapan de esos libros del pasado sin rumbo alguno, esperando su acogida en el dulce cauce de tu imaginación. ”

Quiero pensar que mi yo de entonces, hace diez años, escribió esto para que mi yo de ahora sintiese ese necesario viaje al pasado, ese afán por recordar. Siento decirle a mi yo de entonces que no consigo recordar que me quiso decir, pero quiero agradecerle haber escrito estas palabras que a pesar del tiempo (y de haber estado escritas a lápiz) han conseguido despertar un recuerdo de un tiempo que no fue mejor pero compite por serlo.

En abril de 2008, surgió esto que lees hoy.

Tu tiempo no acaba

No era la primera vez que visitaba aquel pueblo de casas viejas, de paredes blancas y muros anchos. Macetas en tiestos de barro adornaban sus balcones y ventanas.

El moho y el óxido lloraban por las fachadas.
Las calles empedradas, resbaladizas y estrechas. Todas ellas marcaban una ligera pendiente hacia arriba.

Solo una calle te permitia entrar en ese pequeño pueblo. Solo una.
Esa calle la conocía. Como os digo, no es la primera vez que estoy allí.

Sus gentes me miran al pasar.
Una persona tras otra.
Miradas inquisitivas, desconfiadas.
Sin embargo, unos ojos… unos ojos de color oro viejo… esos ojos.
Distintas personas, con la misma mirada. Con los mismos ojos. No podré olvidarlos.
Unos ojos que siempre me miraban dándome un mismo mensaje.
Una y otra vez, mientras subía aquellas calles interminables.

Me veía encerrado.
Preguntaba por la salida pero nadie decía nada.
Paso a paso, seguía mi camino, hacia arriba, mientras todo el mundo bajaba.
Los adoquines son lo peor para andar descalzo.

De nuevo esos ojos, que se quedan mirando, fijos, desde el rostro de una ñina pequeña que se detiene en mitad de la calle.
Me paro.
Extiende las manos.
Me intenta dar un abrazo.
Susurra: “Tu tiempo no acaba . Así que sigue subiendo”.