Besos etéreos

Aún lejos, a veces ausentes,
siento en mis labios esos besos
que no me das.

Besos que parecen enredarse
con cada una de esas palabras que dices
pero que rara vez pronuncias.

Besos que, a veces, son más que besos.
Besos que, rara vez, son besos.
Besos que se sienten como la débil luz
de un faro lejano
cuando solo ves mar.

Besos…

Me cuesta

Me cuesta seguir estos razonamientos difusos que se entrecruzan en mi cabeza.

Me cuesta seguirte cuando corres a través de mis recuerdos, desordenando todo cuanto fui y distorsionando todo lo que soy ahora.

Me cuesta encontrarme si te tengo cerca pero me basta con saberme vivo en tus brazos.

Me cuesta. Cada segundo lejos de ti me cuesta.

Y aún costándome la vida cada instante, más me costaría que no existieras.

Si me llamaras

La voz del mar es tan distinta desde aquí…
Pero si me llamaras. ¡Ay! Si me llamaras
desde cualquier parte del mundo,
lo dejaría todo, mi vida, las sombras y los miedos…
Cruzaría este azul, si me llamaras
con esa voz que a veces lucha para no ser usurpada,
para acabar rendido en tus brazos,
exhausto,
con el corazón a mil
si me llamaras…

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Me encantan estas horas trascendentes en las que me invitas a devorarnos, a dejarlo todo fuera de estas paredes de piedra para centrarnos solo en nosotros dos para terminar fundidos en un abrazo infinito ante la cálida luz de una chimenea perpetua.

El poema más bonito del mundo

Llevaba años
persiguiendo la quimera
de escribir el poema más bonito del mundo
y…
Te encuentro a ti.

Cuando me miras,
cuando sonríes,
en cada abrazo,
sobre cada uno de tus pasos
y en tu voz.

Cuando me desnudas
y te desnudo,
cuando nos rendimos
a las caricias de tu piel
sobre la mía.

Y en cada beso
que me derrite.

Llevaba años
buscándolo más allá de ti
cuando,
en realidad,
el poema (mi poema)
más bonito del mundo
eres Tú.

Si vieses cómo me sonríes…

Pienso que soy yo quien te arrastra
conmigo
a estos mundos de ensueño y de atracciones incontrolables.

Pero me sonríes.
Joder,
si vieses cómo me sonríes…

Y es ahí cuando entiendo que no soy yo quien te lleva
sino que eres tú quien me atrapa y me arrastra
a locuras impronunciables,
a deshacernos todo
hasta volvernos anónimos en el desnudo,
eternos,
más allá de nombres y pronombres sin sentido.

Pero me sonríes y se me pasa todo.
Bueno, todo menos estas ganas infinitas de ti.

Nunca se me ha dado bien echarte de menos

Caminar bajo la lluvia me trae una extraña sensación de nostalgia y ternura.

Me es inevitable pensar en ti
cuando las pequeñas gotitas golpean mi rostro
y resbalan sobre mi piel como lo hacían tus besos.
Hasta mi música suena distinta
si la escucho pensando en ti.

Nunca se me ha dado bien echarte de menos.

No puedo verme ahora pero
sería bonito mirarme desde fuera
para verme con la mirada perdida
silbando una canción o tarareando una letra que no conozco
mientras pienso en ti.

Me perturba la idea de no controlar por qué lo hago
o qué me lleva a ello. Pero pensarlo…
Si lo pienso, destruyo todo cuanto soy ahora mismo.

Nunca se me ha dado bien echarte de menos.

Sabes
que disimulo muy mal las sonrisas
cuando no te tengo y
que me falta el aire si estás lejos.

Si me dejo llevar
y silbo,
y tarareo
e improviso un estribillo nombrándote en estas letras…
Si lo hago, apareces tú
en mi cabeza, cantando la canción
desnuda entre mis manos
o callándome con un beso.

Y después,
me tiembla el corazón cuando susurras que me quieres,
cuando me llevas
de la mano
a este estado de sobrelocura infinita.

Es por eso
que nunca se me ha dado bien
echarte de menos.