Nuevo libro: Piruleta de fresa

Hoy quería compartir con vosotros mi última publicación, Piruleta de fresa.

Para quienes me seguís y leéis lo que escribo día a día, os sonará tanto el título como el contenido del libro. No sé si os lo habré dicho ya: este blog, a fin de cuentas, es un cuaderno en blanco donde plasmo todas las ideas que se me vienen a la cabeza. Es como un bloc de bocetos que luego sirven para formar el todo que supone una nueva obra.

Por eso, si me habéis seguido hasta aquí, el contenido de este nuevo libro os resultará familiar. No por eso, he de decir que todo lo que incluyo ha sido modificado y adaptado para encajar lo mejor posible en la idea global que tenía para este nuevo poemario.

Así, si os interesa leerlo os dejo las URLs de Amazon. Actualmente solo está disponible para compra en esta plataforma (tanto físico como digital) aunque si os interesa alguna copia y os la puedo hacer llegar, no dudéis en contactar conmigo.

Además, si tenéis KindleUnlimited, podéis disfrutar de este título inmediatamente.

Para mis lectores de España, el enlace sería:

Piruleta de fresa

Para los que me leéis desde México, el enlace es:

Piruleta de fresa

Y para todos los que me leéis desde otras localidades, que sé que sois muchos, os dejo en enlace de Amazon internacional:

Piruleta de fresa

 

Así, quiero terminar agradeciéndoos de corazón el tiempo que habéis dedicado a leerme y a disfrutar con las pequeñas cosas que escribo. Este nuevo libro, no habría sido posible sin vosotros.

Os dejo, para terminar, la portada del libro: un trabajo realizado por un buen amigo y cuya obra podéis seguir en su cuenta de instagram @cepy5tatsujin

portada total

Gracias. Mil gracias.

Una España bicolor

Hoy me viene a la mente el recuerdo de una España bicolor.
No porque lo haya vivido. No.
Sino porque el recuerdo de quien fuese una niña desdibujó mi memoria tras una historia que casi siempre acababa en llanto.

Yo era un crío entonces.
Todas las tardes salía a la calle con mis amigos, casi todos vecinos, a jugar a la pelota en la calle. Ahora sonrío al recordar que, entonces, mi mayor preocupación era correr hacia la acera al grito: ¡que viene un coche!, cuando escuchábamos algún motor a lo lejos.

También era común que las personas mayores saliesen a sentarse a las puertas de sus casas. Sobre todo, cuando se acercaba el fin de la primavera.

Así, fue una de estas personas, abuela (seguro) de alguno de los niños con los que jugaba, la que un día nos contó una historia que aún recuerdo casi como si la hubiese vivido.

Contaba que, cuando era pequeña, justo antes de estallar la Guerra, vivían en una casa que era muy parecida a la que era la casa de mi bisabuelo. Quizá por eso tengo los recuerdos tan vívidos. Yo pasaba los veranos en esa casa, incluso aún recuerdo el olor a humedad, a pared blanca y quebradiza y cómo no, el inconfundible olor del limón que daba sombra al patio central de la casa.

Y era allí, usando ese patio de referencia, donde tuvieron que cavar un agujero en el suelo con el tamaño suficiente para que su padre y su hermano cupiesen en cuclillas. El suelo era muy duro, nos decía, y por eso les costó varios días cavar aquel agujero. Y no solo eso, los escombros y restos de tierra tenían que disimularlos de alguna forma.

Ella cerraba sus manos arrugadas y las introducía en sus bolsillos mientras recordaba cómo vivió estos momentos. Su madre la mandaba, con los bolsillos (agujereados) llenos tierra y pequeñas piedrecitas, a pasearse por el pueblo para soltar aquellas sobras mientras andaba. Inconscientemente, yo me ponía en el papel de aquella niña y me imaginaba caminando por las calles asfaltadas de mi pueblo tal y como yo lo conocía, pero no como eran a comienzos de siglo.

Después llamaban a su puerta.
Los de un bando y los de otro.
Todos se acordaban de todos cuando buscaban el interés de unos terceros.
Nadie quería esa guerra. Nadie quería luchar en esa guerra, nos decía.

Yo me estremecía al ver cómo le temblaba la voz cuando contaba cómo llamaban a su puerta. Me entristecía ver cómo se le quebraba la voz cuando nos contaba cómo lloraba, escondida bajo la cama por miedo a que una mirada indiscreta pudiese delatar a su hermano y a su padre.

Hoy recuerdo aquella España de rojos y azules, como ella decía.
Hoy recuerdo aquellos tiempos en los que, para mí, el rojo y el azul no eran más que simples colores.
Hoy recuerdo y me lamento de que existan ideologías que hagan llorar a un niño.

Reno

Captura de pantalla 2018-02-08 a las 21.17.32

Reno, un joven troll que acabó perdido una noche después de que el ejército del Rey asaltara las cuevas donde vivía, corría desesperado por el bosque.

Gotas de sudor recorrían su nuca, más que por el esfuerzo, por el calor que emanaba la luz del Sol tras las montañas.
Miró hacia atrás.
El amanecer no se haría de esperar aquel día.
Tropezó con unas rocas y cayó, ladera abajo.

Quedó expuesto, indefenso…
Los rayos de luz iban atravesando la maleza.

A lo lejos, parecía ver una casa de madera. Sus gritos habían alertado a su habitante, que quedó sorprendido al ver la triste imagen de aquel pequeño que luchaba por esconderse de un final seguro.

Aquel extraño corrió. Lo hizo como nunca antes lo había hecho. Abrazo al pequeño Reno y lo tapó con la poca ropa que llevaba encima.
Reno entendía que no podía hacer nada, pero se sintió feliz al ver que no todos los humanos eran sucias alimañas.

—Escribe mi historia.—susurró Reno, y apartó al humano de su lado.

El Sol quemó la piel de Reno, que hizo ennegrecer las ramas que lo atrapaban, mientras se convertía en piedra.
Lo último que salió de su corazón, su corazón de troll, fue un llanto que acabó petrificado en unos ojos cristalinos.

Estrella azul

Tal vez tus manos no sean conscientes
de las veces que las he imaginado acariciando mi cuerpo.

Quizá, tampoco, tus ojos sepan
cuántas veces me han deslumbrado
y han acallado verbos que pretendían conjugarse
sobre un campo de flores que se diluye en tus sueños.

Moja tu recuerdo cada recuerdo mío
y pronuncio tu nombre
a escondidas
bajo estas sábanas blancas.

Tal vez tu voz
no sepa cuánto la echo de menos.

Estrella azul
que sobre mi pecho estalla,
consigues con tu mirada que griten tus silencios
todo lo que tus labios callan.

Los dragones existen

Tu pelo caía sobre tu hombro izquierdo dejando a la vista una sutil constelación de lunares sobre tu piel desnuda.

Sentada sobre una gran roca en mitad de la pradera leías un libro viejo de hojas desgastadas y portada quebradiza que parecía sonreír en tus manos. Tarareabas una canción que se mecía al ritmo de las hojas más bajas de aquel árbol que te daba sombra.

El mar rompía con fuerza a lo lejos, al borde de aquellos acantilados que auguraban el fin del mundo y dejaba en el viento un sin fin de motitas diminutas que acariciaban tu rostro.
El estruendo intenso de las olas era sofocado, casi al instante, por el delicado rumor que se disipaba con la espuma entre las rocas.

Y de pronto, un aullido acompañaba la voz del mar.
Alzaste la vista y tus ojos negros se posaron en la delgada línea que separaba el cielo de la tierra.
Soltaste el libro sin marcar ninguna página y corriste hacia aquel límite del infinito que te aferraba a esa gris realidad.
Y saltaste a pocos pasos del fin.
Y gritaste.
Y te sentiste libre al remontar el vuelo a lomos de aquel dragón de ojos dorados.

 

Las guitarras lloran en silencio

Una guitarra que echa de menos tus dedos,
una melodía encerrada
que se pierde muy adentro,
un grito sordo al cielo
en esta despedida inesperada.

Y en silencio lloran
cada una de las guitarras
que tuviste en tus manos.

Se quedan sus cuerdas,
marchitas,
rasgadas por movimientos
que ahora son recuerdo,
llenándose de olvido
al compás de una melodía marcada
por el tiempo
que detiene un segundero
en un reloj de pared.

Un silencio que contiene el llanto
de una guitarra omitida.

Y cuando el polvo cubra
todo lo que fue de tu música,
de tu voz,
arrancará un último acorde
en un estallido imperceptible
(un crujido
o un quejío)
que te traerá de vuelta
a esta vida pasajera que hiciste mejor
con cada nota que posaron tus latidos.

Otra clase de magia

Se aleja, dando saltitos y tarareando una canción que solo ella conoce.
Deja huellas de sangre tras de sí y pétalos de flores negras.

Se lleva los recuerdos latentes y la esperanza contenida.
Se marcha con la pequeña ilusión que deja el atardecer antes de dar paso a la luna.

Se detiene.
Y gira la cabeza lentamente.
Cuencas vacías donde ya no hay ojos.
Una sonrisa quebrada por un llanto inexistente.
Un suspiro tenebroso que se escapa y se torna gris.

Destroza las flores que le quedan entre sus puños y las lanza hacia mí, clavándolas como puñales oxidados.

Se aleja, de nuevo.
Agarra su vestido rosa con su mano derecha para emprender el vuelo.
Ya no la acompaña música alguna.
Hasta el silencio que queda, tiene miedo de la oscuridad que me atrapa.