16:53

Cae una lluvia ligera
que levanta y arrastra
la arenisca oscura que cubre las calles.

Tras esa ventana,
sin ventana ni cristal,
sus delicados ojos negros miran
los lejanos destellos de una tormenta
que ya ha pasado.

Diminutas gotas
que estallan
en mil centellas saltan
hacia arriba
empapando su nariz.

Un suspiro
acompaña a ese continuo echar de menos
que intenta alcanzar a ese amor que se le escapa.

Pero sonríe.
El pequeño sonríe
y aguanta la respiración
desde el destello hasta el estruendo
mientras fija su mirada en las nubes grises
que huyen tras las montañas.

Cara de beso

No te veo
y ya siento ese calor
en tu mirada.

Quiero que vuelvas
a mirarme de reojo
con el deseo contenido
y un beso
asomando a tus labios. 

Y quiero desnudar mi boca
sobre tu cuerpo,
verme en lo más profundo
de tus ojos negros
y sentir tu piel estallando al tocar la mía. 

Quiero mirarte.
Quiero mirar cómo te relames
Quiero perderme en la ternura
de esa cara de beso
que disimulas
cuando estás conmigo. 

Y quiero
que la cama se nos quede pequeña,
que me lleves a ese jardín eterno
y me hagas el amor.

Siempre podré dar un paso más

Sé que podría perderme en este sin fin de recuerdos
y hasta saltar a un vacío oscuro siguiendo tu voz
sabiendo que no me espera nada allá abajo.

Podré perder todo cuanto soy
pero nunca olvidaré cada uno de los pasos
que me condujeron aquí.

Y aún al filo de este abismo
estoy convencido que siempre podré dar un paso más.

Siempre podré dar un paso más.

Y así, al final, aunque no me creas ahora,
yo tampoco lo creí entonces,
sé que podré volar.

Nuestro país de las maravillas

Este país de las maravillas no me lo ha descubierto
un conejo blanco que corre, nervioso,
pensando que llega tarde a una cita inexistente.

Este país de las maravillas no tiene una liebre de marzo
que se esconde, simulando una locura transitoria
donde solo un loco se atreve a parar el tiempo.
Tampoco existe un sombrero que, sintiéndose muy por encima del cielo,
ponga algo de cordura
a todas estas fantasías intangibles de nuestro país de las maravillas.

No existe una reina de corazones
que quiera cortarnos la cabeza.
Bastante tenemos con perderla por nosotros mismos.
No existe una oruga que fume en pipa
aunque a veces, el humo se vea denso
simulando la niebla,
más allá de ese desfiladero al otro lado del infinito.

En este país de las maravillas
llueve a veces,
y huele a incienso.
Hace frío cuando se pone el sol y justo antes de amanecer
para que no exista noche en la que mi piel no busque la tuya.

Hace unos días nevó
en nuestro país de las maravillas.

Y siempre, siempre,
la luna nos sonríe antes de desaparecer.

Este país de las maravillas no es ese país de las maravillas
en el que todos piensan.

Este país de las maravillas,
nuestro país de las maravillas,
es maravilloso
solo porque estás en él.

Las guitarras lloran en silencio

Una guitarra que echa de menos tus dedos,
una melodía encerrada
que se pierde muy adentro,
un grito sordo
al cielo
en esta despedida inesperada. 

Y en silencio
lloran
cada una de las guitarras
que tuviste en tus manos. 

Se quedan sus cuerdas,
marchitas,
rasgadas
por movimientos
que ahora son recuerdo,
llenándose de olvido
al compás de una melodía marcada
por el tiempo
que detiene un segundero
en un reloj de pared.

Un silencio
que contiene el llanto
de una guitarra anónima. 

Y cuando el polvo cubra
todo lo que fue de tu música,
de tu voz,
arrancará un último acorde
en ese estallido imperceptible
(un crujido
o un quejío)
que te traerá de vuelta
a esta vida
pasajera
que hiciste mejor
con cada una de las notas
que ofrecieron tus latidos.