Pintar de negro

Hay días en los que la luz me ofrece unos colores que deseo pintar en negro. A veces, pienso que es el cansancio lo que me hace ver una monotonía de grises, que desearía pintar de negro. Otras no puedo evitar querer pintar de negro los recuerdos que me evocan las malas noticias…

El cielo de esta noche debería ser negro y no estar manchado por esas nubes confusas que no saben dónde dejarse caer. También querría pintarlo de negro.

La luna no. La luna no la quiero pintar de negro. Quiero que siga brillando como lo hace, dibujando esa sutil sonrisa que se esconde entre edificios y se refleja en ventanas indiscretas, retrovisores de coches ajenos y en el cristal de mi reloj.

Tus ojos…tampoco los pintaría de negro.

Un día complicado

El sol subía en el horizonte cuando Pandora me señaló una gran columna de humo a lo lejos. Esta vez, ella se había percatado antes que yo y eso le hizo dibujar una sonrisa traviesa en su rostro.

Al pie de aquel gran edificio, todo parecía insignificante.
Los papeles flotaban en el aire caliente, envueltos por gritos, dolor y ceniza.
Pandora agarró mi mano.
Temblaba.

– ¿Estarás bien aquí sola o quieres venir? – le pregunto, apretando su mano y agachándome hasta que nuestros ojos estaban a la misma altura.- Sabías que esto iba a pasar, ¿verdad?

Sendas lágrimas empezaron correr por sus mejillas.

– No quiero estar sola – empezó a balbucear. Se separó un poco – Pero tampoco quiero verlo de nuevo… ¿Puedo esperar aquí abajo?

La ceniza empezaba a cubrir su pelo.
Grandes cascotes de cemento caían a nuestro alrededor.
Cientos de bomberos intentaban acceder al edificio mientras la policía intentaba orientar a miles de personas que, atónitos, contemplaban cómo se derrumbaba su mundo.

– No te alejes. – Le digo a Pandora mientras me levanto.

Cruzo la mirada con un bombero joven, de pelo rubio y ojos como el cielo que ahora nos cubría. Se para delante mía y se acerca. No me ve, pero puede percibir que estoy ahí.
Se para a pocos pasos de mí.

En sus ojos se ve la imagen de una niña pequeña, que aparentaba ser un poco mayor que Pandora, jugando en el jardín trasero de una casa pequeña y acogedora. Su madre intentaba mojarla con una manguera mientras ella la esquivaba saltando y corriendo por el césped.
La voz de ambas resonaban en aquella imagen. Y una voz que le recuerda una y otra vez que, por favor, volviese pronto a casa.

Él ya sabía que no volvería.
Pude ver en sus ojos cómo se hacía un nudo en su garganta.

Pasé a su lado.
Puse una mano sobre su hombro derecho.

– Nos vemos arriba – le susurro.

Otros como yo, ya estaban entrando al edificio.
Subían por las paredes de aquél edificio, se metían por la primera ventana que veían abierta y arrasaban con toda alma que se encontraban a su paso.

A mí me gustaba fijarme en todos los detalles.
Disfrutar cada recuerdo.
Hacer que las personas, si lo merecían, pudiesen percibirlos también.

El olor a metal ardiendo, a ceniza, a muerte… lo cubría todo.
Algunos de los gritos que se percibían en los papeles que sobrevolaban la gran avenida ya no se escuchaban.
Subí por las escaleras de la esquina noroeste.
Por una ventana pude ver cómo Pandora intentaba coger un folio de color azul que flotaba entre el polvo.

Mientras subía las escaleras y atravesaba plantas cubiertas por llamas, humo y escombro, pensaba cómo debería ser vivir con todo el sufrimiento del mundo pasado, presente y futuro. ¿Cómo sería percibir el dolor de tantas personas, saber que algo va a ocurrir pero no saber cuándo?

 

Y allí estaba ese joven.
Sin fuerza.
Sentado en un suelo casi calcinado y apoyado sobre una pared de mármol.
Se quitó uno de sus guantes cuando me vio acercarme y me dio su anillo de matrimonio.
No dijo nada. No hacía falta.

Estas cosas no debería hacerlas pero… son pequeños detalles que hacen que Pandora olvide tanto dolor.
Dejé que apoyase su cabeza en mis manos.
Poco a poco se fue apagando.
Quité de su mente el dolor y la angustia de las últimas horas para dejarle esos momentos jugando en un jardín.
Salí a la calle.
Era insoportable el ambiente que se respiraba allí.
Pandora estaba cubierta de ceniza.
Le entrego el anillo y una amplia sonrisa se dibuja en su rostro.

– ¿Se lo podemos llevar ahora? – me pregunta.
– Vamos. – le susurro.

 

El tío Marcial

Era una tarde tranquila.
El sol se estaba poniendo tras unas densas nubes que cubrían la montaña más lejana, y que se podía ver…
El tío Marcial se encontraba paseando por su jardín. Los años le hacía dar pasos lentos, aunque firmes. Su cabeza cana y gacha guardaba un montón de recuerdos, que pude percibir conforme me acercaba.
De pronto, se gira.
Intenta no mostrar sorpresa, aunque es difícil no hacerlo en esta situación.
Pienso que a todos, nos llega nuestra hora por sorpresa. Incluso a mí.

– ¿Tan pronto por aquí? – me dijo antes de sacar todo el aire de sus pulmones en un suspiro. – Tengo mucho que hacer, no me puedo morir. Vete a cortar el césped.

No pude evitar sonreírle.
Me acerco y lo abrazo por el hombro para que me acompañe a tomar asiento, de espaldas a los últimos rayos de Sol.

– Al contrario, Marcial – le dije una vez nos sentamos. – Te debieras sentir feliz de ser mi huésped. Has trabajado bien. – esta es la parte más difícil de mi trabajo. ¿Cómo le explicas a una persona que aproveche sus últimos segundos de vida? – Hora es de descansar, bajo losa de mármol, para quien como tú, al mundo ya dejó: un hijo, un libro y un árbol.

La mirada de Marcial cambió repentinamente.
En sus ojos se podía ver cómo sus recuerdos de amontonaba, se agolpaban sin sentido, para dar lugar a una película breve de todo lo vivido, destacando lo más importante. Incluso antes de hablarme, pude ver ese árbol creciendo y al que visitaba casi todos los días. Horas muertas delante del papel, plasmando ideas que en su mayor parte iban a la papelera. Y, como si una llama quemase todo lo demás, la imagen de una mujer joven, de ojos cobre y pelo negro, largo y ondulado. Sujetaba un pequeño en brazos. El corazón de Marcial casi se para en seco al recordar esa escena, al mirar a los ojos a su mujer, con su hijo en brazos.

Luego me mira.
Pequeñas lágrimas bañan sus ojos, rojos y cansados.
Le dejo hablar.

– El árbol que planté, benemérita acción, porque ya quedan pocos. – parecía que se le quebraba la voz.- En mi pobre ciudad, era un sauce llorón. Llorón pero sin mocos. – sonríe brevemente para fruncir el ceño y apretar los puños. Pero, resulta que tenían otro plan: las urbanizaciones. Pobre sauce llorón… ya quemó el alquitrán, sus verdes lagrimones.

Se detiene para coger aire.
Cada vez se le veía más cansado.

– El libro que escribí, y que a nadie plagié, era un grueso volumen.- Aquí, su mirada era mucho más relajada, tranquila. Giraba las muñecas, como recordando el esfuerzo que le supuso escribirlo. Su mirada se tornaba más triste aún.- Donde con ilusión, puse todo lo que guardaba en el cacumen. Pero… resulta que sopesando el papel, de muy mala manera, dijo el Inquisidor: “a la pira con él”…  Y pereció en la hoguera.

Puse una mano en su hombre izquierdo.
Estaba temblando.
Su cuerpo se estaba enfriando.

– Y el hijo que me dio, mi adorada mitad – dos lágrimas caían por el rostro de Marcial mientras recordaba a su familia – nos salió inconformista o quizá intelectual, o emigrante quizá. O en fin, quizá turista. Porque resulta que, nacido en un país de gritos iracundos, tuvo que abandonar… Ahora vive en París, se fue por esos mundos.

Apretó fuerte los puños.
– Y la próxima vez, te juro que seré, ¡Oh, patria!, algo más práctico – levantó el derecho un poco, casi amenazando a la nada. – Te dejaré un borrego, una foto novela y una flor de plástico.

– No habrá próxima vez – le dije mientras metía mi mano en su costado, agarraba su corazón y sentía cómo dejaba de latir, poco a poco. – Déjalo ya, Marcial.

El corazón de aquel hombre se paró rápido.
El brillo en sus ojos desapareció poco antes de cerrarlos.
A pesar de las miles de historias que me cuentan a diario… A pesar de poder escuchar lo mismo una y otra vez y de recibir súplicas, a veces agradecimientos, no me pesa.
Me encanta mi trabajo.

Pandora me miraba, impaciente, mientras jugaba con unas orugas a la sombra de un árbol. Me acerco a ella y me agacho hasta estar a su altura.

– Pequeña, ¿nos vamos?

 


Esta historia está inspirada en la canción (prácticamente todo el diálogo) El tío Marcial de Javier Krahe. La escuchaba varias veces, de camino al trabajo cuando vivía en Salobreña. Su letra, al igual que muchas de las letras de este autor, me inspiró un mundo que no cuenta en sus canciones pero que, claramente, está siempre presente.

 

Por qué estudié Matemáticas

No sé si decir que fue una de las decisiones más difíciles de mi vida. No, creo que no lo diré.

Al fin y al cabo fue una decisión que tomé dejándome llevar un poco por razonamientos superficiales, sin profundizar mucho en si era algo que realmente quería o si era algo que en un futuro podría darme un trabajo que me gustase. Hoy sé que no, pero no me arrepiento.

Al principio, mi idea era formarme en las letras a pesar de cursar estudios tecnológicos. En esa época leía un libro cada semana, escribía algún que otro relato, algún poema… me dejaba llevar por las ideas más absurdas y sin sentido para plasmarlas sobre páginas en blanco. Así, antes de presentar la primera solicitud, mi idea era estudiar filosofía o psicología. Pensaba que si conseguí entender, aprender, cómo era el pensamiento, la mente… podría escribir de forma mucho más directa, más clara, que trascendiera. Hoy sé que no, que no todo es entender para llegar al corazón de alguien. A veces, la sin razón te lleva mucho más lejos que cualquier plan premeditado.

Durante un viaje a Córdoba, tuve una conversación con uno de los maestros a los que más he admirado en mi vida. Me dijo que antes de poder alcanzar un sueño, hay que vivir una realidad y que esa realidad, tal y como estaban los días, pasaba por encontrar un trabajo y luego perseguir el sueño en los ratos libres. Si lo perseguía con ganas, lo alcanzaría.

Por tanto, la primera opción en mi solicitud fue Matemáticas.
Pensé que podía prepararme unas oposiciones o ganarme la vida como maestro, se la mitad de bueno que aquellos que me hicieron aprender me bastaba. En mis ratos libres escribiría, leería, aprendería todo lo que no había aprendido.

Y así acabé. Dieciocho años recién cumplidos, en Granada. Viviendo en un piso que estaba a tomar por culo de todo, con unos compañeros que, podría decirse, recordaré como unos de los mejores compañeros de piso que he tenido.

El primer año tenía clases por la tarde.
Los primeros días, para olvidar. Los siguientes… aún peor.
La gente empezaba a abandonar las clases, la licenciatura.
Hablando con un buena migo, pensamos que estábamos perdiendo el tiempo. Así, en un arrebato preparamos lo necesario para solicitar el cambio de titulación. Sabíamos de gente que lo había hecho y bueno… nos decían que estaban mucho mejor. Sin embargo, nos tomamos unos días para pensarlo.

Esa noche soñé con mi abuelo, que había muerto meses antes.
Nunca olvidaré cuando me llevaba a mi casa en coche o me recogía, en cualquier parte cuando volvía del trabajo para acompañarme a casa o a su casa a merendar.

Esa noche soñé que paseaba por Granada y que él paró su coche a mi lado. “¿Te llevo?”. Aún recuerdo sus palabras, su voz.
Para mi sorpresa, aun sabiendo que aquello no era real porque sabía que ya no estaba, no dudé en subirme en su C15 blanca.
Lo miraba y su aspecto era el de siempre. Digo el de siempre porque para mí, mi abuelo, siempre ha tenido el mismo aspecto desde que tengo uso de memoria.

Tras un rato de silencio, me habló y me preguntó por mi primer año en la Universidad. Hacía mucho tiempo que no hablábamos. Yo en ese momento solo pude pedirle perdón por no haber hecho todo lo posible por hablar con él antes y le conté el conflicto que tenía con la carrera y lo mal que lo estaba pasando aquellos días. Pensaba que todo iba a ser distinto, más atractivo…

Él asentía y me dejaba hablar. Creo que así me ayudó a entenderme un poco más a mí mismo.

Cuando terminé de hablar empezó a reírse y me dijo algo que nunca olvidaré:

“Cuando era joven, quise sacarme el carné de conducir. Pero no sabía leer nada bien. Sin embargo, yo cogía el libro de la autoescuela por la mañana y me iba a trabajar. Subido en la mula, durante el camino, iba mirando el libro, iba leyendo lo que podía e iba entendiendo lo que podía. Estuve meses así y cada vez que leía el libro entendía una cosa distinta. Ese libro acabó destrozado en mis manos de tanto mirarlo. Y fíjate… si no llega a ser porque en ese momento me esforcé en aprender y sacarme el cané de conducir, hoy no podría llevarte a tu casa”.

Me pareció una anécdota graciosa que me sacó una sonrisa.
Le di las gracias al llegar a mi casa.
No lo he vuelto a ver desde entonces.

Al poco tiempo, hablé con mi madre sobre ese sueño y se sorprendió sobremanera. Porque aquello que me contó mi abuelo en ese sueño, fue lo que ocurrió de verdad. Ella no sabía quién me había contado eso para que llegase a soñar con él, y para que me hablase como me habló.

Seguramente, mi abuelo, me lo contaría alguna de esas tardes en las que volvíamos de trabajar en el campo, en su coche, mientras escuchábamos Radio Olé.

En ese momento mi mundo se tambaleó. Quise pensar que fue mi abuelo, estuviese donde estuviese, el que vino a darme el apoyo que me faltaba para continuar mis estudios.

Y así hice.

Desde ese sueño lo vi todo con otros ojos, más fácil, más accesible a mi mente perturbada.
Eso fue lo que me hizo seguir… luego fue la gente que conocí, esos amigos con los que apenas hablo pero que aún recuerdo, los profesores que tuve… Todo esto me hizo terminar esta licenciatura.

Y… ¿ahora qué?

Sigo aprendiendo.
No ejerzo la docencia pero tengo un trabajo que me permite vivir la realidad y sacar algo de tiempo, aunque sea poco para escribir, leer y disfrutar.

Quizá, si volviese atrás y tuviese ante mí la posibilidad de elegir una titulación para estudiar… volvería a cometer el dulce error de elegir Matemáticas.

Por qué te llamo maestro

Cuantas veces habré llamado maestro o maestra a una persona que me ha corregido diciendo eso de “yo no soy maestro (maestra) soy profesor (profesora)”. A veces, no sé tú, me sentía dolido cuando llamaba maestro a una de esas grandes personas que me han formado a lo largo de mi vida como estudiante y me corregían. ¿El motivo?

Si nos ponemos formales, podemos consultar las distintas definiciones de estas palabras en la RAE:
Maestro.
Profesor.
Si tenéis un momento para consultar estas definiciones, veréis que ambas comparte, y tiene, la misma esencia: “Persona que enseña una ciencia o arte”. La particularidad del profesor es que también puede ejercer dicha ciencia o arte. No obstante, yo no hablo de esa persona como la persona que ejerce, sino como la persona que enseña…la persona que me enseñó.

Para mi, maestro va mucho más allá de enseñar un arte o ciencia. Para mí, maestro es aquel que me hace aprender más que aquel que me enseña.

A lo largo de mi vida, he tenido supuestos maestros que enseñaban a no pensar, enseñaban al porque sí… También he tenido profesores, que ni enseñaban ni ejercían. Por eso, a aquellos profesores que nunca me han hecho aprender los llamaba por lo que decían ser: profesor, nunca maestro, nunca por su nombre.

Porque nombrar a alguien ya implica crear un vínculo mucho más fuerte con esa persona que lo que realmente merece.

Tuve maestros.
Maestros de verdad.
Maestros que me hicieron aprender mientras enseñaban.
Maestros que me hicieron pensar, creer que podía llegar a donde quisiera.

A esos maestros los llamaba maestros, o por su nombre (siempre por su nombre).
Esos maestros, son los que me han hecho llegar hasta aquí. Y por eso, mis maestros, agradezco todo vuestro tiempo, todas vuestras palabras. A los que me lo permitieron, gracias por dejarme llamaros maestro/a. A los que no, y los consideré como tales, gracias por dejarme usar vuestro nombre.

A todos ellos, maestros, gracias.

La triste nostalgia del escritor

Hace ya más de tres años que asistí a la presentación de la novela Malemort, el Impotente en la librería 1616 Books de Salobreña. Recuerdo que día antes vi ese libro en el gran escaparate mientras esperaba con Nala. Esa tarde, hablando con Antonio (el librero) me sugirió asistir a la presentación de aquella novela. No era la primera presentación a la que asistía en su establecimiento y, dadas las experiencias pasadas, no pude negarme.

El viernes de la presentación llegué un poco tarde pero con suerte de encontrar asiento libre. Ahora lo pienso y, sinceramente, creo que no me habría importado escuchar a Guillermo Roz de pie. Sus palabras trasmitían el miedo de alguien que se arriesga y se dedica al noble arte de escribir, trasmitía paz porque sabía que estaba consiguiendo ganarse la vida… También nos trasmitió desconcierto y algo de ansiedad mientras contaba cómo veían su trabajo aquellas personas cercanas a él. Y sobre todo, la ilusión al recordar aquél día en el que alguien muy especial para él cogió un avión para estar a su lado en un gran día.

Todo esto lo recuerdo tras ver una foto de Guillermo, a orillas del mar de Galilea. Una foto que vi hace tiempo en una de sus publicaciones en Facebook y que guardé porque, en ese momento, supe que tarde o temprano escribiría sobre esa imagen.

Sinceramente, a pesar de ser una simple foto, emana todo tipo de sensaciones. Muestra a Guillermo, sentado de espaldas a la cámara, con la mirada perdida en unas montañas que se vislumbran al fondo, entre la luz del amanecer (quiero creer que fue al amanecer). No sabría deciros cómo mirarían sus ojos a aquellos puntos lejanos, pero sí os puedo decir qué fue lo que hizo que me interesara por la obra de esta persona, por sus vivencias y por seguirlo en esta red social.

Al terminar su presentación, yo ya tenía una copia de su libro en mis manos y me acerqué a que me lo firmara. Sé que hablé con él durante la presentación, poco pero lo hice. Me sorprendió, sobremanera, cuando mientras firmaba mi libro (también suyo) me preguntó.

-Antonio, tú escribes, ¿cierto?.
-Sí, lo intento- le dije un poco triste porque la verdad es que llevaba muchísimo tiempo sin sentarme a escribir. Muchísimo tiempo sin sentir que lo que escribía era lo que realmente quería escribir.
-Se nota en tus ojos – me dijo – se ve la triste nostalgia del escritor que quiere escribir y no puede.

Le respondí con una sonrisa y le agradecí de corazón que hubiese compartido aquella tarde con todos nosotros. Ha pasado tiempo y muchos pensaréis que esto que escribo no fue del todo así… Quizá no lo fuese. A veces se recuerda con más fuerza aquello que se imagina que lo que realmente pasó. No obstante, estoy convencido que la sensación que provocó aquella conversación, y el recuerdo que guardo de aquel día es lo que escribo.

A veces, quizá solo necesitamos un pequeño estimulo para escribir: una melodía, una canción, una mirada o una sonrisa. A veces necesitamos un llanto o un golpe en la cara. A veces solo un momento de silencio y otras… otras quizá valga con un par de cervezas.

No me gusta forzar lo que escribo.
No me gusta escribir sin sentirlo.
Porque sería como follar sin amor, sin sentimientos.
Te sirve de desahogo, pero perdería el sentido.

Me gusta escribir sintiendo, me gusta disfruta lo que escribo.
Necesito saber que lo que escribo está motivado por un sentimiento profundo, algo no racional. De lo contrario… cualquier podría hacerlo.

Espero, Gillermo, que la próxima vez que nos veamos, no veas la triste nostalgia del escritor en mi ojos.

Cuídate y gracias por motivar estas palabras.

 

Canciones y otros vasos de whisky

En abril de 2008 conocí a José Manuel Lucía Megías. Bueno, digamos que a partir de ese momento esa persona existió para mí. Pero no recuerdo aquel día por haberle conocido, ni por el libro que ahora sostengo en mis manos. Aquel día tuve la suerte de compartir una velada de poesía junto a varias de las personas que más han marcado mi pasado: un maestro y una amiga. Personas que me enseñaron a pensar, a aprender, a vivir y a escribir como ahora escribo.

Tampoco recuerdo que temas tratamos ese día. Sí recuerdo que pregunté, no se el qué. Tengo la imagen de mi maestro, presentando a este poeta, y la imagen de mi amiga sentada a mi lado en uno de esos pupitres verdes para zurdos.

Más allá de lo vivido ese día, el motivo por el que vuelvo a cantar estas canciones es por unas palabras que me encontré, escritas a lápiz, en la última página en blanco. También es verdad que están escritas las soluciones de dos ejercicios de física, pero eso no es lo que despertó esta sensación de paz, de recuerdo y nostalgia.

Las palabras que escribí en este libro dicen:

“Siguiendo a esos versos que huyen… Que se escapan de esos libros del pasado sin rumbo alguno, esperando su acogida en el dulce cauce de tu imaginación. ”

Quiero pensar que mi yo de entonces, hace diez años, escribió esto para que mi yo de ahora sintiese ese necesario viaje al pasado, ese afán por recordar. Siento decirle a mi yo de entonces que no consigo recordar que me quiso decir, pero quiero agradecerle haber escrito estas palabras que a pesar del tiempo (y de haber estado escritas a lápiz) han conseguido despertar un recuerdo de un tiempo que no fue mejor pero compite por serlo.

En abril de 2008, surgió esto que lees hoy.

Tu tiempo no acaba

No era la primera vez que visitaba aquel pueblo de casas viejas, de paredes blancas y muros anchos. Macetas en tiestos de barro adornaban sus balcones y ventanas.

El moho y el óxido lloraban por las fachadas.
Las calles empedradas, resbaladizas y estrechas. Todas ellas marcaban una ligera pendiente hacia arriba.

Solo una calle te permitia entrar en ese pequeño pueblo. Solo una.
Esa calle la conocía. Como os digo, no es la primera vez que estoy allí.

Sus gentes me miran al pasar.
Una persona tras otra.
Miradas inquisitivas, desconfiadas.
Sin embargo, unos ojos… unos ojos de color oro viejo… esos ojos.
Distintas personas, con la misma mirada. Con los mismos ojos. No podré olvidarlos.
Unos ojos que siempre me miraban dándome un mismo mensaje.
Una y otra vez, mientras subía aquellas calles interminables.

Me veía encerrado.
Preguntaba por la salida pero nadie decía nada.
Paso a paso, seguía mi camino, hacia arriba, mientras todo el mundo bajaba.
Los adoquines son lo peor para andar descalzo.

De nuevo esos ojos, que se quedan mirando, fijos, desde el rostro de una ñina pequeña que se detiene en mitad de la calle.
Me paro.
Extiende las manos.
Me intenta dar un abrazo.
Susurra: “Tu tiempo no acaba . Así que sigue subiendo”.