Bendito miedo

Tengo miedo
de ti,
de tenerte cerca, tras una cerveza
(o dos).

Tengo miedo de perderme
en ese abismo que me invita a saltar
en tus ojos,
de dejarme llevar
por esos suspiros
que pronuncian mi nombre.

¿Qué más da?

Quiero imaginarme dentro
de todo lo que imaginas
para que juguemos juntos,
en ese cuarto que aún no conoces,
a besar despacio,
a encontrarnos, con la luz apagada,
y a descubrir quién calla más alto.

 

A la Hora del Tigre

Se me encoge el pecho
cuando sé que piensas en mí.
El poco aire que me queda
se me escapa en ese te quiero
que no pronuncio
pero que ambos sabemos que es correspondido.

Me llevas y me atrapas
en esas bonitas fantasías
que me tienen el corazón patas arriba.
Me pides, sin decirlo,
que te coma la boca
y
te acercas
con un beso en tus ojos
que me trae la cabeza loca.

¿Sabes?
Ya no puedo ver unos labios pintados
sin recordar los tuyos.

¿En quién sueles pensar antes de apagar la luz?
Yo, si me lo pides,
seguiré esperando
a los pies de tu cama
al comienzo de la Hora del Tigre.

Me encanta(s)

Me encanta cada una de las palabras
que me haces escribirte,
sabiendo que son tuyas.

Me encanta tu sonrisa traviesa,
las risas que reprimes
y que estallan en tus mejillas cursis.

Me encanta cuando me llamas
loco
por las ideas que montas
en tu cabeza
tras leer cualquier frase inocente.

Me encanta pensar que tú dibujas mejor que yo, pero solo un poco.

Me tienes dando vueltas
la cabeza
y eso me encanta.

Tus abrazos.
Me encanta rodearte
y sentirte cerca.

Me buscas con tu mirada
hasta que me fuerzas a que te mire.
Si supieras lo que me cuesta
no besarte cuando haces eso…
creo que lo harías más a menudo.
Y eso me encanta.

Tú. Sobre todo tú.
Me encantas.

Con voz arrepentida

Hoy me arrepiento de no haberlo dicho todo antes.

Me arrepiento de las noches perdidas en las que no hablábamos por vergüenza, de los viajes fugaces en coche que hacíamos cogidos de la mano.
Me arrepiento del tiempo perdido mirando a las estrellas cuando debería haber mirado tus ojos, de no darte los besos que se escaparon entre nosotros cuando nos teníamos tan cerca y de las caricias que nunca existieron.

Me arrepiento de haber hecho más caso a palabras extrañas que a las tuyas y de no saber acompañarte en tus malos días.
No sé si lo recuerdas pero yo aún pienso en aquella noche en la que podría haber cambiado todo pero nos quedamos sentados, uno junto al otro, en aquel sofá de tela azul mientras veíamos pasar a los demás.
Sinceramente… no recuerdo nada más de aquella noche salvo eso.

Pero… ¿Sabes que es lo que nunca me perdonaré?
Haberte soltado tras el único abrazo sincero que me diste.

En estas fotos

Me detengo a contemplar las fotos que tenemos juntos.

Pierdo el tiempo, embobado, frente a esa sonrisa desprevenida que capturé sin que te dieras cuenta.

Lo más cerca que estuve de detener el tiempo para que cada instante fuese solo de nosotros dos, lo puedes ver en estas fotos.

La Música del Recuerdo

Todo empezó como una conversación interna de mí conmigo mismo.
Cuando intento nombrar un concepto demasiado abstracto para el que no existe (o no encuentro nombre) me embarco en un sin fin de ideas sin sentido que me suelen conducir a lo que estoy buscando.

La Música del Recuerdo fue el nombre que me vino a la cabeza para nombrar a esa melodía o canción que es capaz de traer a tu mente un recuerdo (generalmente bonito) del pasado.

En ese momento me pareció un nombre tan bonito que incluso mi Musa loca, sorprendida del razonamiento tan irracional que le propuse, me sugirió usarlo como nombre para un libro.

Así fue.
Recopilé todo lo que estuve escribiendo en este blog durante meses.
Usar una foto para la portada no fue nada difícil. Como si mi yo del pasado supiese que la iba a necesitar en un futuro, encontré la foto perfecta escondida entre el millar de fotos que tengo en la galería de fotos de mi móvil:

20170621_205415.jpg

Y el resultado fue tan bonito que no dudé en lanzarme a la autopublicación.
Es por eso que han desaparecido muchas entradas en este blog.

Ahora mismo solo está disponible la versión digital. Sin embargo, en unas semanas, si todo va según lo esperado, podré ofrecer una versión en papel.

Así, aprovecho esta entrada para dar las gracias a todos los que me leéis día a día.
A todos los que habéis contribuído, de una forma u otra a inspirar cada una de estas letras.
Por ti ha sido posible lo que hoy presento y es por eso que te lo agradezco de corazón.

Gracias.


Comparto los enlaces de Google y Amazon por si es de vuestro interés.
Me ayudaría también cualquier sugerencia, comentario y opinión.

Amazon:

 

Google:

https://play.google.com/store/books/details?id=YxxWDwAAQBAJ

 

 

Mientras duermes

Quiero sentirte entre mis brazos,
con el sueño colgando de tus párpados.

Quiero que te dejes acariciar, desnuda,
para sentir cómo se eriza tu piel
con cada roce.

Y así, cuando duermas,
escribir tu nombre junto al mío
bajo tu ombligo.

Y leerte tus sueños,
mientras los anoto en cualquier folio vacío
para que no vuelvas a decirme,
cuando despiertas,
que no los recuerdas.

 

Sábanas desordenadas

Ella cantaba desnuda, mientras se paseaba por el dormitorio. Él la contemplaba, sentado en la cama, perdido en su cuerpo. Sus miradas se cruzaron, un instante, y prendió en llamas el deseo.

La agarró de los brazos, rompiendo la canción sobre el edredón. Sus labios componían notas de placer al besar su cuello y al acariciar sus pechos mientras sus manos subían por esos muslos que se aferraban a su cadera para no soltarlo.

Ella lo agarra del pelo y hunde su cabeza en su pecho mientras busca con su otra mano el placer de ambos. El sexo entre suspiros que se ahogan en cada beso, el éxtasis que culmina en el uno que forman entre los dos y los gemidos de un final que prolongan hasta caer rendidos…

El sexo que queda en el ambiente se disipa en la noche por la ventana, mientras ellos se abrazan sobre esas sábanas desordenadas.

Infinito más uno

Todo lo que somos está determinado por nuestro pasado, por el presente que nos acompaña y por ese futuro incierto que vamos creando día a día.

Pero es ese pasado el que se pasea por nuestra mente, el que nos indica qué hacer o por qué hacerlo. Ese pasado se escucha como una canción repetitiva de infinitos versos y ritmos cambiantes. Una canción presumida, que saca de nuestra mente lo que se esconde, que sabe que nos hará emocionar con cualquier detalle bonito que nos traiga.

Esa canción me dejó un verso con las palabras de un antiguo profesor de Estadística hace unos días. Él sostenía, para poder tratar la mayoría de los problemas que resolvíamos, que más de treinta es infinito. ¿Para qué necesitamos más?

Ese infinito, al que podríamos llegar perfectamente contando los escalones que subimos para llegar a casa, ha estado paseando por mi cabeza durante los últimos treinta días. Un mes infinito, se podría decir.

Como casi nunca renuncio a ninguna de las ideas que se me vienen a la mente y mucho menos si es un recuerdo tan insistente… Me propuse hacer algo que cumpliera ese concepto de infinito o que, al menos, se acercara.

Hoy, jueves, más que nunca quiero agradecer el tiempo que pasas leyendo cada una de mis palabras, porque si no es por esos ojos que me leen, nada de esto existiría ni tendría sentido alguno. Por eso, hoy quiero que formes parte de ese infinito.

Tomar la decisión de escribir un blog me ha ayudado a sacar de mi mente aquellas palabras que guardaba en alguno de sus infinitos cajones. Es por eso, que en muy poco tiempo, he escrito infinitos (más de treinta) relatos y poemas que he querido seleccionar para escribir lo que yo llamo “La música del recuerdo“.

Este libro, está publicado de forma gratuita en Google Play para que todos los que queráis podáis descargarlo, disfrutarlo y compartirlo.

Son más de treinta entradas de este blog lo que lo forman.
Seguramente, habrá ojos que lean lo que ya han leído. Como si volvieran a escuchar una vieja canción.

Así, el infinito es por el contenido del libro, el más uno es por ti. Porque a pesar de que infinito más uno sigue siendo infinito, tú haces que ese infinito sea cada vez más grande, más exquisito y único. Porque solo tú puedes darle vida a estas palabras y crear sensaciones únicas que nadie podrá crear de la misma forma. Estas canciones serán únicas en tu memoria porque tendrán tu voz si las lees en voz alta, y la voz de tu corazón si las lees en silencio.

Gracias a ti existen estos infinitos.
Por eso, querido uno, agradezco de corazón el tiempo que has dedicado en hacerme llegar hasta aquí, en hacer esto posible y en hacerlo real.
Este libro está dedicado a todos vosotros:

A esos ojos que me leen
y no se esconden.
A esos ojos que me miran.

 

Podéis encontrarlo en: https://play.google.com/store/books/details?id=YxxWDwAAQBAJ

La músicaDelRecuerdo-2

 

Noches de Madrid por los tejados

Madrid es una ciudad que se transforma por la noche.

Miles de coches que se quedan sin vida para dar paso al silencio de esa gente que pasea, que disfruta de un cielo estrellado que apenas pueden ver, de una luna que no sabe si mostrarse llena o en su forma menguante.

Por la noche, las luces artificiales que iluminan la ciudad le otorgan un aspecto más mágico del que le permite tener la luz del Sol.

Me gusta disfrutar de los sonidos de las risas en los callejones, la música de locales que se olvidan de cerrar, el sonido de unos zapatos de tacón que sin querer pisan a otros zapatos negros y que permiten un abrazo cómplice y sincero.

A pesar de ser una noche de primavera más, era perfecta para dejarse llevar por los silencios de Madrid.

Me gustan las noches de Madrid por los tejados.

A lo largo de mis muchos años de vida, apenas he conocido a nadie que mire hacia arriba cuando camina para contemplar los edificios que le hacen sombra. Solo, quizás, aquellos de corazón más loco que intentan quedarse con los detalles bonitos de cada momento.

Pandora se encontraba sentada, a los pies del ángel que corona el edificio Metrópolis, mirando cómo paseaba la gente por las avenidas. Tenía una mirada triste y aburrida. Como si sus ojos ya se hubiesen cansado de ver tantos atardeceres, tantas noches tranquilas, tantas vidas pasajeras… Igual que aquel ángel, se sentía con la necesidad de saltar y volar libre. Soñaba con alcanzar un cielo que no existía, una dimensión mucho más real que aquella dimensión de la que era dueña. Soñaba con algo real, auténtico, que no pudiese dominar para que de verdad pudiese sentirse parte de un todo mayor. Ahí es donde entra en juego su profunda curiosidad por la vidas humanas y sus infinitos mundos internos. Disfrutaba mirando a los ojos a esos transeúntes para, en un instante, recorrer la infinidad de mundos que habían creado con cada una de sus decisiones y sus deseos más íntimos. Un instante le bastaba para comprender que todas las personas sabían que de todas sus posibles realidades, esta realidad que ahora vivían no era la que querían de verdad.

A pesar de todo, a Pandora, eso nada más que le ofrecía miles de millones de vidas de mentira. Nada de lo necesitaba. Sin embargo, le fascinaba la mirada de los bebés, tan profunda y sincera que, a pesar de vivir sin comprender, tienen claro que su vida es solo una y que es la que ofrecen, pura y real. Las únicas vidas que de verdad se quieren sin querer.

Pandora suspiró de emoción y empezó a mover sus piernas, sobre el abismo que le ofrecía aquel quicio de mármol, cuando contempló como paseaba una pareja cogida del brazo. A pesar de que normalmente no se quiere la vida que se tiene, la mayoría de las personas sabían que existían momentos en su vida que no cambiarían por ningún otro. Como otra pareja que paseaba con su hijo pequeño balanceándose entre ellos, cogido de sus manos.

Ahora su mirada mostraba el pequeño destello de la emoción que causa un recuerdo bonito o una idea que podría ser pero sabes que no será. El destello de una ilusión que, aunque pequeña, le bastaba para dibujar una sonrisa.

El ángel de bronce conocía miles de historias, de fragmentos de vidas. Su mirada, a pesar de inanimada y fría, escondía la luz de todos los atardeceres que había visto Madrid y la tristeza de todas aquellas personas que renunciaban a una noche infinita porque el deber les puede mas que el deseo.

Llega un momento en la noche en el que la mayoría de las personas que pasean por Madrid no son de la ciudad. Eso es algo que me encantaba de esta ciudad, además de todos sus silencios sinceros sobre los tejados de Madrid.

Pintar de negro

Hay días en los que la luz me ofrece unos colores que deseo pintar en negro. A veces, pienso que es el cansancio lo que me hace ver una monotonía de grises, que desearía pintar de negro. Otras no puedo evitar querer pintar de negro los recuerdos que me evocan las malas noticias…

El cielo de esta noche debería ser negro y no estar manchado por esas nubes confusas que no saben dónde dejarse caer. También querría pintarlo de negro.

La luna no. La luna no la quiero pintar de negro. Quiero que siga brillando como lo hace, dibujando esa sutil sonrisa que se esconde entre edificios y se refleja en ventanas indiscretas, retrovisores de coches ajenos y en el cristal de mi reloj.

Tus ojos…tampoco los pintaría de negro.