Las guitarras lloran en silencio

Una guitarra que echa de menos tus dedos,
una melodía encerrada
que se pierde muy adentro,
un grito sordo al cielo
en esta despedida inesperada.

Y en silencio lloran
cada una de las guitarras
que tuviste en tus manos.

Se quedan sus cuerdas,
marchitas,
rasgadas por movimientos
que ahora son recuerdo,
llenándose de olvido
al compás de una melodía marcada
por el tiempo
que detiene un segundero
en un reloj de pared.

Un silencio que contiene el llanto
de una guitarra omitida.

Y cuando el polvo cubra
todo lo que fue de tu música,
de tu voz,
arrancará un último acorde
en un estallido imperceptible
(un crujido
o un quejío)
que te traerá de vuelta
a esta vida pasajera que hiciste mejor
con cada nota que posaron tus latidos.

Otra clase de magia

Se aleja, dando saltitos y tarareando una canción que solo ella conoce.
Deja huellas de sangre tras de sí y pétalos de flores negras.

Se lleva los recuerdos latentes y la esperanza contenida.
Se marcha con la pequeña ilusión que deja el atardecer antes de dar paso a la luna.

Se detiene.
Y gira la cabeza lentamente.
Cuencas vacías donde ya no hay ojos.
Una sonrisa quebrada por un llanto inexistente.
Un suspiro tenebroso que se escapa y se torna gris.

Destroza las flores que le quedan entre sus puños y las lanza hacia mí, clavándolas como puñales oxidados.

Se aleja, de nuevo.
Agarra su vestido rosa con su mano derecha para emprender el vuelo.
Ya no la acompaña música alguna.
Hasta el silencio que queda, tiene miedo de la oscuridad que me atrapa.

Silencio y otros poemas

Llevo varios días trabajando en una idea que no podía quitarme de la cabeza.
A mediados del mes pasado, me dediqué a revisar las estadísticas de descargas de los libros que tenía publicados y para mi sorpresa, Silencio y otros poemas había sido descargado 19.200 veces… En serio, aún no me lo creo.

Además, me sorprende la puntuación global que ha obtenido en Google Books y en Goodreads. Es por eso, que me sentía en la obligación de hacer de este libro un ejemplar mejor, dedicarle todo el tiempo que no pude dedicarle en su momento y… ¿Por qué no? Publicarlo también en papel.

Es por eso que desde hoy, podéis conseguirlo en Amazon en formato digital.
Durante los próximas 3 meses solo estará disponible en esta plataforma.

Así, para celebrar esta publicación, a partir de mañana (y hasta el domingo) podréis descargarlo completamente gratis en el siguiente enlace:

Silencio y otros poemas

Además, si me seguís en mis redes sociales, estad atentos porque publicaré las bases de un concurso para poder conseguir una copia en papel de este libro.

Así, quiero terminar dando las gracias a todas esas personas bonitas que os pasáis por aquí cada día y me dedicáis un pedacito de tiempo para leer mis pequeñas locuras.
Gracias de corazón.

Un abrazo

Un amor de videoclip

De mi libro La música del recuerdo:

Un amor de videoclip

Marcharnos y correr, de la mano, para entrar al primer parque que nos encontremos, hablar de todo, y nada, tirados en el césped e inventar los posibles que aún no hemos imaginado.

Beber en cualquier bar hasta que aprendamos a olvidar.
Jugar al despiste con los besos que buscamos con la mirada.
Cantar canciones que no sabemos solo por escucharte cantar.

Acabar sobre la cama de cualquier hotel.
Dibujar con rotulador sobre tus tatuajes para que solo esa noche sean de los dos.

Vivir un amor de videoclip contigo: intenso, corto y con nuestra propia banda sonora.

Libros usados

Me gustan los libros usados por sus páginas amarillas y sus distintas tonalidades. Por las manchas en sus portadas y las esquinas oscurecidas y desdobladas.

Me gustan los libros usados por la magia que encierran, por esas frases subrayadas que inspiran sentimientos de quien las leyó.

También me gustan sus anotaciones y porque, a veces, puedes conocer el nombre de ese pedacito de alma que se queda atrapada entre sus páginas.

Algo cotidiano

Como cada mañana, entra en la cafetería diez minutos antes de que el reloj marque las ocho. Se quita el abrigo gris y se dirige a la misma mesa de siempre. Deja el abrigo sobre el respaldo de la silla y saca un libro de su bolso, como cada mañana.

Era cotidiano que se apartase el pelo y se lo colocara tras su oreja derecha mientras leía.
La camarera le sirve su café largo con muy poca leche; la suficiente para que perdiese su color negro y se pareciese al color de sus ojos.

Ella da las gracias con una sonrisa sutil sin apartar la mirada de aquellas páginas de color crema. Hoy, a diferencia de otros días, había una ilusión oculta en sus pupilas que brillaba con cada letra que leía.

Hoy comienza a leer un libro nuevo.
Y lo cotidiano, cuando empiezas a leer un libro nuevo, es dejarte llevar por el olor de sus páginas, por su textura, por el nuevo estilo y su voz… Si encuentras la voz de un libro al comienzo, se convierte en una historia inolvidable.

Da un último sorbo a su café.
Me mira.
Sonríe.
Vuelve a perderse entre las páginas de su libro con la sombra de esa sonrisa aún en sus labios, ajena a que escribo sobre ella y sobre ese algo cotidiano que me inspira desde que se cruzó conmigo, a las ocho menos diez minutos de cada día en la cafetería que, ahora, es solo para nosotros dos.

Saltando sobre nenúfares

Esta tarde el cielo dibuja nubes de algodón deshilachado.
El aire se mueve en una dulce brisa con olor a tierra mojada, flores frescas (como el iris azul) y césped recién cortado. Mece el graznido de los patos, el silencio de una ciudad ensordecida por una muralla de árboles que rascan el cielo y el caminar de los visitantes de ese jardín oriental prefabricado.

Un perro corre hacía un cúmulo de palomas que alza el vuelo, dejándolo con esa cara de feliz bobalicón que a todos nos queda cuando llevamos a cabo una travesura inocente y nos sale bien.

Sobre una piedra a la orilla del lago, de pie, una mujer se mira sobre la superficie.
Un sombrero de esparto con un lazo negro cubre su cabeza.
Su larga melena cae a ambos lados, contrastando su color oscuro con el blanco impoluto de su camiseta blanca de manga corta que se pierde en su cintura abrazada por una falda larga que va más allá de sus rodillas.
Son bonitas las sandalias de tacón, de color negro, que visten sus pies dejándolos casi al descubierto.

Sostiene, en su mano izquierda, un bolso de mano a juego con ella.
Se sonríe al imaginarse caminando sobre el agua, dando saltitos sobre esos nenúfares que se tambalean sobre la superficie.
Se contiene, veo en sus ojos que se contiene para no intentarlo… Y se aleja.

Ella se va. Pero queda sobre la piedra la ilusión del momento representada en una niña, casi idéntica, que sí se atreve a saltar.
Así, sobre los nenúfares, provocando diminutas ondas que se pierden al instante, se diluye su ilusión en cada salto.
Se para, justo antes de desaparecer completamente para mirar a su alrededor, sonríe y deja caer una pequeña luna de cristal, que se hunde en el lago, provocando una salpicadura limpia de la que escapa una gota redonda que brilla sobre todo lo demás.

El silencio queda, entre todas las emociones que encierra este jardín de ensueño.

 

 

Bendito miedo

Tengo miedo
de ti,
de tenerte cerca, tras una cerveza
(o dos).

Tengo miedo de perderme
en ese abismo que me invita a saltar
en tus ojos,
de dejarme llevar
por esos suspiros
que pronuncian mi nombre.

¿Qué más da?

Quiero imaginarme dentro
de todo lo que imaginas
para que juguemos juntos,
en ese cuarto que aún no conoces,
a besar despacio,
a encontrarnos, con la luz apagada,
y a descubrir quién calla más alto.

 

A la Hora del Tigre

Se me encoge el pecho
cuando sé que piensas en mí.
El poco aire que me queda
se me escapa en ese te quiero
que no pronuncio
pero que ambos sabemos que es correspondido.

Me llevas y me atrapas
en esas bonitas fantasías
que me tienen el corazón patas arriba.
Me pides, sin decirlo,
que te coma la boca
y
te acercas
con un beso en tus ojos
que me trae la cabeza loca.

¿Sabes?
Ya no puedo ver unos labios pintados
sin recordar los tuyos.

¿En quién sueles pensar antes de apagar la luz?
Yo, si me lo pides,
seguiré esperando
a los pies de tu cama
al comienzo de la Hora del Tigre.

Me encanta(s)

Me encanta cada una de las palabras
que me haces escribirte,
sabiendo que son tuyas.

Me encanta tu sonrisa traviesa,
las risas que reprimes
y que estallan en tus mejillas cursis.

Me encanta cuando me llamas
loco
por las ideas que montas
en tu cabeza
tras leer cualquier frase inocente.

Me encanta pensar que tú dibujas mejor que yo, pero solo un poco.

Me tienes dando vueltas
la cabeza
y eso me encanta.

Tus abrazos.
Me encanta rodearte
y sentirte cerca.

Me buscas con tu mirada
hasta que me fuerzas a que te mire.
Si supieras lo que me cuesta
no besarte cuando haces eso…
creo que lo harías más a menudo.
Y eso me encanta.

Tú. Sobre todo tú.
Me encantas.

Con voz arrepentida

Hoy me arrepiento de no haberlo dicho todo antes.

Me arrepiento de las noches perdidas en las que no hablábamos por vergüenza, de los viajes fugaces en coche que hacíamos cogidos de la mano.
Me arrepiento del tiempo perdido mirando a las estrellas cuando debería haber mirado tus ojos, de no darte los besos que se escaparon entre nosotros cuando nos teníamos tan cerca y de las caricias que nunca existieron.

Me arrepiento de haber hecho más caso a palabras extrañas que a las tuyas y de no saber acompañarte en tus malos días.
No sé si lo recuerdas pero yo aún pienso en aquella noche en la que podría haber cambiado todo pero nos quedamos sentados, uno junto al otro, en aquel sofá de tela azul mientras veíamos pasar a los demás.
Sinceramente… no recuerdo nada más de aquella noche salvo eso.

Pero… ¿Sabes que es lo que nunca me perdonaré?
Haberte soltado tras el único abrazo sincero que me diste.