libros, poesía, prosa poética

Nuestro país de las maravillas

Este país de las maravillas no me lo ha descubierto
un conejo blanco que corre, nervioso,
pensando que llega tarde a una cita inexistente.

Este país de las maravillas no tiene una liebre de marzo
que se esconde, simulando una locura transitoria
donde solo un loco se atreve a parar el tiempo.
Tampoco existe un sombrerero que, sintiéndose muy por encima del cielo,
ponga algo de cordura
a todas estas fantasías intangibles de nuestro país de las maravillas.

No existe una reina de corazones
que quiera cortarnos la cabeza.
Bastante tenemos con perderla por nosotros mismos.
No existe una oruga que fume en pipa
aunque a veces, el humo se vea denso
simulando la niebla,
más allá de ese desfiladero al otro lado del infinito.

En este país de las maravillas
llueve a veces,
y huele a incienso.
Hace frío cuando se pone el sol y justo antes de amanecer
para que no exista noche en la que mi piel no busque la tuya.

Hace unos días nevó
en nuestro país de las maravillas.

Y siempre, siempre,
la luna nos sonríe antes de desaparecer.

Este país de las maravillas no es ese país de las maravillas
en el que todos piensan.

Este país de las maravillas,
nuestro país de las maravillas,
es maravilloso
solo porque estás en él.

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Azul

Siempre me he dejado llevar por el pasado.

He sentido cada recuerdo, de nuevo,
y lo he sostenido entre mis manos.

Yo lo veo como una pequeña esfera,
de cristal frío y desgastado
con diferentes brillos y matices
de color azul.

La música que recuerdo
y me viene a la cabeza en cada momento
me tortura y me destruye
me hace gritar tu nombre
en silencio
y me acompaña hasta altas horas de la madrugada.

Esa música que viene de cualquier parte,
de tu voz,
de tus letras, cuando me escribes,
o la misma música que canto
sin saber que podía cantarla.

Toda esa música la escucho azul.

La estrella que estalló sobre nuestras cabezas
y pasó detrás de ti,
fugaz,
hasta perderse de nuevo,
era de un azul indescriptible,
mágico,
pero azul.

Y el negro en tus ojos,
aquella noche
o cuando los miras al espejo;
ese color negro, siempre
me muestra un destello
azul
cuando me miras.

Y tus labios
y esos besos contenidos,
y los besos apasionados
cuando me haces el amor,
y los besos que me das
cuando me abrazas…

Tus besos
me saben azul.
Y es maravilloso.

Huelo el azul de tu pelo
y el azul de tu piel
cuando la recorro con mis dedos.

Es azul cada una de las palabras que te digo
y es azul
cada suspiro que se me escapa
cuando pienso en ti.

Es azul porque te siento cerca,
da igual donde estés.

Hasta tus puntos suspensivos
son de color azul.

Y es azul
un te quiero.

Es azul.

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21:23

Con esta melodía casi inaudible
que confunde las distancias
coges mi mano y me arrastras a mirar al pasado
a través de un gran ventanal
que atrapa a una ciudad enfermizamente ordenada.

Y me gusta verlo todo de nuevo
a través de tu imagen semitransparente
en el cristal.

Una débil luz
centellea
en el reflejo de tus ojos
para alejarse formando un haz infinito
que colorea el cielo,
desaparece un instante y vuelve
en ese continuo parpadeo
de quien cuida constantemente el mar.

El tiempo pasa tan rápido
que siento que desdibuja todo cuanto somos
para perdernos en la noche
entre luces que brillan imitando a las estrellas,
pero me abrazas
fundiendo nuestras siluetas en una.

Aún no he encontrado palabras
que expliquen lo que siento
cuando veo el mundo a través de ti.

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Cuántico

Esta noche el cielo se oscurece conforme pasan las horas.

Se evapora su luz plateada
como bruma que se disipa sobre el mar,
las diminutas motas lejanas de luz incandescente
se encogen, asustadas,
y dejan de emitir ese titileo constante que ponía música al firmamento.

Un estruendo lo ilumina todo
y hace vibrar el pasado en mi pecho.
Diluye tu voz en el viento
y me hace creer que me llamas.

Se quiebra el cielo sobre mis ojos
y cae bañando todo cuando pisan mis pies.

El fino polvo sideral lo cubre todo
absorbe los colores
de las cosas
y los torna negros.

Silencio.

Vuelve a iluminarse el cielo.
Un rayo, quizás, haya rasgado la montaña.

Vuelvo a escuchar una voz
pero no es la tuya.
Ahora pienso que tampoco lo ha sido nunca.

Silencio.

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Reloj de arena

Es frenética
la velocidad del tiempo.

Me despeina,
me seca los ojos
y se lleva mi voz muy lejos.

Me evita, siempre,
el tiempo,
y se disuelve
en estos momentos efímeros.

Me miro.
Miro a mi yo del espejo.

Primero, observo sus ojos negros,
y me veo en ellos,
para luego
creer que estoy dentro de esa realidad simétrica
vacía de recuerdo.

A veces,
me gusta alargar las conversaciones
conmigo mismo.
Sobre todo, cuando hablo conmigo de ti.

Quizá baste con decir
que te quiero a mi lado
y que quiero que tu tiempo
haga estallar mi reloj de arena.

Así,
permaneceremos eternos
atemporales
en estos mundos ficticios
que van más allá de tu realidad
y la mía.

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Buenas noches, luna

Dudo
si recuerdo o no
cómo llevar la cuenta de las noches.
Demasiadas, quizá,
sin sus buenas noches, luna.

Ya no recuerdo su forma
ni esa forma de dibujar su viaje perpetuo
entre las estrellas.

Miro al cielo.
Sé que está ahí
pero no la veo.

Buenas noches, luna.

Escapa el deseo contenido
en este susurro que añora el cielo.

Y dudo
justo antes de abrazar mi almohada
si es su voz la que vibra en mi cabeza
—la silenciosa voz de la luna—
o es tu voz
que decide bailar en mis recuerdos
en este preciso instante al borde del sueño.

Buenas noches,
luna.

 

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Detener el tiempo

Y detener el tiempo,
como sea.

Arrancando las manecillas de cada reloj.

Cogerte de la mano
y salir corriendo
allí hasta donde la curiosidad juega con la casualidad
y no nos importe nada.
Sé que hará frío,
así que correremos más rápido.

Parar un momento
para contemplar cómo esas flores
permanecen inmutables
y, por una vez,
sean ellas las que vean cómo nos marchitamos.

Continuar, caminando al son de las canciones
que nunca me cantaste
y de aquellas que yo nunca quise escuchar.
Reinventar nuestra sonrisa,
nuestras miradas…
Atrapar cada suspiro y guardarlo
en una cajita con forma de corazón.

No parar hasta llegar a donde los etcéteras
sean explícitos
y donde no exista el suspense
de tus puntos suspensivos.

Descansar
a la sombra de mil árboles.
Dejar pasar el tiempo
nuestro tiempo
bajo el delicado murmullo de los silencios eternos.

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Azul

Siempre me he dejado llevar por el pasado.

He sentido cada recuerdo, de nuevo,
y lo he sostenido entre mis manos.

Yo lo veo como una pequeña esfera,
de cristal frío y desgastado
con diferentes brillos y matices
de color azul.

La música que recuerdo
y me viene a la cabeza en cada momento
me tortura y me destruye
me hace gritar tu nombre
en silencio
y me acompaña hasta altas horas de la madrugada.

Esa música que viene de cualquier parte,
de tu voz,
de tus letras, cuando me escribes,
o la misma música que canto
sin saber que podía cantarla.

Toda esa música la escucho azul.

La estrella que estalló sobre nuestras cabezas
y pasó detrás de ti,
fugaz,
hasta perderse de nuevo,
era de un azul indescriptible,
mágico,
pero azul.

Y el negro en tus ojos,
aquella noche
o cuando los miras al espejo;
ese color negro, siempre
me muestra un destello
azul
cuando me miras.

Y tus labios
y esos besos contenidos,
y los besos apasionados
cuando me haces el amor,
y los besos que me das
cuando me abrazas…

Tus besos
me saben azul.
Y es maravilloso.

Huelo el azul de tu pelo
y el azul de tu piel
cuando la recorro con mis dedos.

Es azul cada una de las palabras que te digo
y es azul
cada suspiro que se me escapa
cuando pienso en ti.

Es azul porque te siento cerca,
da igual donde estés.

Hasta tus puntos suspensivos
son de color azul.

Y es azul
un te quiero.

Es azul.

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En días como estos

En día como estos desearía que estos abrazos eternos que me das en mis sueños fugaces durasen para siempre.

Y que tus susurros no se pierdan en el viento.

En días como estos desearía que se parase el tiempo justo en ese momento en el que tu piel se funde con la mía.

Y que tu sabor perdure en mis labios.

En días como estos, incluso podría conformarme con recordar tu voz leyendo alguna de estas líneas.

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Un amor de videoclip

Marcharnos y correr, de la mano, para entrar al primer parque que nos encontremos. Hablar de todo, y nada, tirados en el césped e inventar los posibles que aún no hemos imaginado.

Beber en cualquier bar hasta que aprendamos a olvidar.
Jugar al despiste con los besos que buscamos con la mirada.
Cantar canciones que no sabemos solo por escucharte cantar.

Acabar sobre la cama de cualquier hotel.
Dibujar con rotulador sobre tus tatuajes para que solo esa noche sean de los dos.

Vivir un amor de videoclip contigo: intenso, corto y con nuestra propia banda sonora.