libros, poesía, prosa poética

En días como estos

En día como estos desearía que estos abrazos eternos que me das en mis sueños fugaces durasen para siempre.

Y que tus susurros no se pierdan en el viento.

En días como estos desearía que se parase el tiempo justo en ese momento en el que tu piel se funde con la mía.

Y que tu sabor perdure en mis labios.

En días como estos, incluso podría conformarme con recordar tu voz leyendo alguna de estas líneas.

libros, poesía, prosa poética

Un amor de videoclip

Marcharnos y correr, de la mano, para entrar al primer parque que nos encontremos. Hablar de todo, y nada, tirados en el césped e inventar los posibles que aún no hemos imaginado.

Beber en cualquier bar hasta que aprendamos a olvidar.
Jugar al despiste con los besos que buscamos con la mirada.
Cantar canciones que no sabemos solo por escucharte cantar.

Acabar sobre la cama de cualquier hotel.
Dibujar con rotulador sobre tus tatuajes para que solo esa noche sean de los dos.

Vivir un amor de videoclip contigo: intenso, corto y con nuestra propia banda sonora.

libros, prosa poética, relato

Dragón de piedra

Siempre hacíamos lo mismo: desayunábamos juntos, luego veíamos un rato la tele—uno al lado del otro—, después salíamos a pasear por el enorme jardín de aquellas instalaciones.

Aún siento en mis manos el tacto de aquella goma que cubría el acero de su silla de ruedas.

Ella siempre se sorprendía cuando nos acercábamos al diminuto rosal que había cerca de la fuente del dragón. Aunque, en realidad, era un pez enorme, pero ella siempre recordaba, entre risas, la disparatada historia que le conté hace meses en la que le conté que aquello era una especie de dragón muy raro que escupía agua en lugar de fuego. Un extraño dragón de pierda. Nuestro dragón de piedra.

Algunos días, sin que el personal nos viera, arrancábamos una rosa. Ella la elegía.
La agarraba entre sus manos y, sabiendo que se marchitaría si se la llevaba, me decía que lo hacía para recordar ese momento. Nuestro momento a los pies de ese dragón de piedra.

Avanzábamos por un sendero hasta llegar al borde de un enorme lago que casi se fundía a lo lejos con las montañas.
Yo me sentaba en uno de los bancos de mármol blanco.
Ella siempre quería quedarse a mi lado, viendo a lo lejos los nevados picos de las montañas, más allá del lago.

Era una imagen preciosa.
Ella siempre comentaba algo sobre la nieve.

Más tarde, cuando el sol casi rozaba el punto más alto del cielo, volvíamos deshaciendo el camino.

Dejábamos atrás las montañas nevadas, el lago casi infinito  y la fuente del dragón de piedra. Las rosas, al menos una de ellas, solían venirse con nosotros.

Después nos despedíamos en la puerta.
Un joven de bata blanca la recogía y la acompañaba al interior.
Ella me miraba. Nunca comprendía nuestras despedidas.
Siempre me sonreía antes de girarse. Y me preguntaba mi nombre.

Mi corazón se rompía en mil pedazos cada día cuando lo pronunciaba.
A veces, si no me escuchaba, se lo repetía.
Ella, sin saber que ya la conocía, me ofrecía el suyo.

Al día siguiente volvía.
Repetíamos la misma historia, desde el desayuno hasta la triste despedida que acababa en su nombre.

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Nuestro país de las maravillas

Este país de las maravillas no me lo ha descubierto
un conejo blanco que corre, nervioso,
pensando que llega tarde a una cita inexistente.

Este país de las maravillas no tiene una liebre de marzo
que se esconde, simulando una locura transitoria
donde solo un loco se atreve a parar el tiempo.
Tampoco existe un sombrerero que, sintiéndose muy por encima del cielo,
ponga algo de cordura
a todas estas fantasías intangibles de nuestro país de las maravillas.

No existe una reina de corazones
que quiera cortarnos la cabeza.
Bastante tenemos con perderla por nosotros mismos.
No existe una oruga que fume en pipa
aunque a veces, el humo se vea denso
simulando la niebla,
más allá de ese desfiladero al otro lado del infinito.

En este país de las maravillas
llueve a veces,
y huele a incienso.
Hace frío cuando se pone el sol y justo antes de amanecer
para que no exista noche en la que mi piel no busque la tuya.

Hace unos días nevó
en nuestro país de las maravillas.

Y siempre, siempre,
la luna nos sonríe antes de desaparecer.

Este país de las maravillas no es ese país de las maravillas
en el que todos piensan.

Este país de las maravillas,
nuestro país de las maravillas,
es maravilloso
solo porque estás en él.